Cómo se arma la información falsa: el caso del fútbol brasileño
Por Rubén Félix Galvano
Introducción
En trabajos anteriores planteé que el conocimiento humano depende de un acuerdo colectivo: confiamos en que existen los trillizos, los osos polares o Europa aunque no los hayamos visto, porque la experiencia acumulada de otros nos alcanza como evidencia. Ese mismo mecanismo, cuando se cierra sobre sí mismo y deja de dialogar con el mundo externo, produce el fenómeno inverso: la posverdad, el negacionismo, la secta y las noticias falsas. En "El cuerpo como objeto de consumo en la cultura global" señalé, siguiendo a Bourdieu, Baudrillard y Byung-Chul Han, cómo las redes sociales premian la performance, el estereotipo y la simulación por encima de la reflexión. Quiero cruzar ambos textos para mostrar, con un ejemplo concreto que circuló hace poco —el argumento de que el evangelismo es responsable del declive futbolístico de Brasil—, cómo se arma efectivamente la información en redes: no por acumulación de evidencia, sino por tres operaciones retóricas que se repiten con enorme regularidad.
1. Reduccionismo basándome en una sola evidencia: la intersubjetividad que renuncia a la complejidad
En el texto sobre la intersubjetividad distinguí entre disentir legítimamente sobre fenómenos complejos —economía, política, ambiente— y rechazar colectivamente lo que está a la vista. El reduccionismo ocupa una zona intermedia y por eso es más eficaz que la mentira burda: no niega la realidad, la simplifica hasta volverla manejable. El declive de una selección de fútbol depende de formación de divisiones inferiores, migración temprana a ligas europeas, cambios tácticos globales, gestión federativa, generación de talento. Reducir todo eso a una sola variable —la religión de los jugadores— no es observar mal la cancha: es la misma lógica que lleva a alguien a preferir la Tierra plana a la complejidad de la geodesia. Una causa única siempre es más cómoda de sostener y de compartir que un sistema de causas interdependientes.
2. El antagonista fabricado: cuando el algoritmo necesita un cuerpo que odiar
Acá se cruzan directamente los dos textos. En "El cuerpo como objeto de consumo" describí cómo el sistema convierte identidades en mercancía y estereotipo para alimentar el consumo digital. La construcción del antagonista en redes sociales funciona con la misma lógica de mercado: se necesita un cuerpo simbólico —una identidad reconocible, cargada de estética y de nostalgia— para que la indignación circule. El "evangelismo" del argumento sobre el fútbol brasileño no es descrito, es fabricado: se lo dota de voluntad propia, se lo opone a una imagen idealizada del Brasil sincrético, festivo y colectivo (Pelé, Garrincha, los tambores). No hace falta que el antagonista sea verificable, alcanza con que sea reconocible y que duela una pérdida. Esto es exactamente lo que señalé sobre el algoritmo: premia lo que genera emoción e indignación, no lo que se acerca a la verdad. Y como todo estereotipo de consumo, es transferible: el mismo antagonista religioso migra sin esfuerzo del fútbol a la política, y termina acusado de "discursos de odio" y "vaciamiento democrático" en toda la región. El cuerpo-mercancía se volvió cuerpo-culpable.
3. La conclusión que no desciende de los argumentos: el refugio cerrado
En el texto sobre intersubjetividad dije que la patología aparece cuando el mundo paralelo deja de ser un puente y se convierte en refugio permanente que sustituye la realidad. Eso es lo que ocurre en el salto final de este tipo de argumentos: de una tesis futbolística no probada se concluye una tesis política de alcance continental, sin ningún eslabón intermedio que lo sostenga. No es un error de lógica ingenuo, es funcional: la conclusión grande no necesita demostrarse, necesita sentirse coherente con el antagonista ya instalado en el paso anterior. Quien ya aceptó al evangelismo como villano estético del fútbol no exige pruebas para aceptarlo como villano político: el mundo paralelo ya está armado y solo hace falta habitarlo.
Cierre
Los tres movimientos —reducir la causa, fabricar el antagonista, saltar a una conclusión que no se sostiene— no son errores aislados de un texto ocasional. Son la gramática con la que hoy se arma buena parte de la información que circula en redes: una intersubjetividad que dejó de completar lo que no vemos para empezar a rechazar lo que sí está a la vista, sostenida no por evidencia sino, como escribí antes, por un sentido de pertenencia tribal que el algoritmo sabe premiar mejor que a cualquier dato.
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