La intersubjetividad: experiencia compartida y patología

 


Introducción: El cierre de un ciclo de reflexión

​El presente texto constituye la conclusión de una serie de producciones anteriores en las que hemos explorado las complejidades de nuestra cultura contemporánea. Este recorrido comenzó con el análisis de la globalización y la obsolescencia programada(,https://elprofesorgalvano.blogspot.com/2025/05/globalizacion-obsolescencia-y-cuerpos.html )donde observamos cómo el sistema no solo descarta objetos, sino que ha comenzado a tratar a los cuerpos y al conocimiento como mercancías desechables.  

​Continuamos profundizando en esta lógica a través del estudio de la infancia y la adolescencia en la era digital,(https://elprofesorgalvano.blogspot.com/2025/05/infancia-y-adolescencia-en-la-era-del.html) advirtiendo sobre los riesgos de la sobreexposición, la mercantilización de la identidad y la violencia simbólica que los algoritmos tienden a amplificar.Este análisis se tornó más crudo al abordar lo que denominamos "Del trono a la pantalla",(https://elprofesorgalvano.blogspot.com/2025/10/del-trono-la-pantalla-el-abuso-sexual.html) donde rastreamos el patrón histórico del abuso de poder y cómo la tecnología actual ha sofisticado los mecanismos de explotación, monetizando la perversión bajo la máscara del éxito y el consumo.

 Asimismo, en nuestra reciente intervención audiovisual titulada "El cuarto hombre",(https://youtu.be/WKaqU09RDZo?si=XcJyLP3G3lto8cca) abordamos fenómenos como la posverdad, el negacionismo y los sectarismos, analizando cómo la información "líquida" y los relatos emocionales a menudo sustituyen a la evidencia real.  

​Tras analizar estos escenarios de fragmentación y descarte, este capítulo final se propone integrar estas ideas bajo el concepto de intersubjetividad. Aquí exploramos cómo el conocimiento compartido nos permite habitar el mundo, pero también cómo, ante una realidad que se vuelve hostil o excluyente, surge el riesgo patológico de construir mundos paralelos como refugios permanentes. En definitiva, esta es una invitación a reflexionar sobre nuestra responsabilidad colectiva en la construcción de una realidad que sea, ante todo, digna y habitable para el otro.  

Rubén Felix Galvano Profesor de grado superior en geografía 

La intersubjetividad

Este texto nace de una observación sencilla. A mis 41 años, y habiendo estudiado durante muchos años en la universidad —dos carreras—, participado en grupos de estudio, sido líder Boy Scout, practicado deporte, y formado parte de una congregación y de diversas actividades en la calle, nunca conocí trillizos.


Esto me lleva a pensar en algo particular: yo no dudo de la existencia de los trillizos. Sé que existen; sé que son un caso médico reconocido. Lo estudié en la escuela cuando cursé biología, he visto entrevistas en televisión a grupos de trillizos, sé que hay médicos que los han investigado y que incluso existe una explicación científica al respecto. Por todo esto, confío en que los trillizos existen.


Esta confianza se basa en la intersubjetividad, es decir, en el conocimiento que se construye a través de otras personas. Una sola persona no podría abarcar ni conocer todos los aspectos de la vida ni la enorme diversidad presente en la naturaleza, en la humanidad o en el cosmos. Es precisamente esta intersubjetividad la que nos permite comprender el mundo: el otro conoce una parte que yo desconozco y trata de explicarla, transmitirla y analizarla a través de la ciencia.


Entiendo que cruzarme con trillizos es una posibilidad muy poco frecuente. Aproximadamente, solo uno de cada 100.000 nacimientos da lugar a trillizos, incluso con los métodos actuales. Sin embargo, sé que son reales; no dudo de su presencia en el mundo.


Y, aun así, hay muchas cosas verdaderas que nunca he experimentado directamente, pero de las cuales tengo certeza. Sé, por ejemplo, que hay un continente llamado Europa, de donde provienen mis abuelos. Sé que tiene características físicas determinadas y que está conformado por distintos países. Esto lo reconozco, por ejemplo, cuando se juegan los mundiales de fútbol y participan selecciones europeas. Además, hay mapas que representan ese continente, lo nombran y lo ubican en el espacio geográfico.


De la misma manera, sé que hay osos polares, aunque nunca me haya cruzado con uno. Sé que habitan en el Polo Norte, que son blancos, carnívoros y grandes depredadores.


Hay, entonces, muchas cosas de la realidad que no he vivido de forma directa, pero cuya realidad reconozco porque confío en el conocimiento construido por la humanidad: en las experiencias acumuladas, en las evidencias disponibles —principalmente visuales— y en las distintas formas de transmisión, tanto materiales como discursivas.


La experiencia colectiva que registra la realidad se ha visto fuertemente beneficiada por internet y las redes sociales. Hoy en día, tenemos acceso a videos de eclipses, lluvias de estrellas e incluso de cometas que pasan una sola vez cerca de nuestro planeta.


Sin embargo, también existe un reverso oscuro. Esta misma experiencia colectiva puede convertirse en una patología. Y no me refiero a tener una mirada distinta sobre la realidad, porque en campos como la economía, la política o el medio ambiente —categorías complejas que admiten análisis, debate y argumentaciones desde diferentes teorías— es natural que dos personas interpreten un mismo fenómeno de manera distinta.


Me refiero a cuando la experiencia colectiva se vuelve patológica: cuando reemplaza a la realidad misma; cuando, al no poder insertarme en ella, construyo un mundo paralelo en el que sí puedo participar.


Cuando la intersubjetividad se cierra sobre sí misma, se convierte en una patología. Es ahí donde surgen las posverdades, los negacionismos, las sectas y las teorías conspirativas. Ya no se trata de completar aquello que no hemos visto, sino de rechazar colectivamente lo que sí está a la vista. La Tierra plana, los reptilianos o las supuestas pirámides de hielo en la Antártida son ejemplos de realidades alternativas sostenidas no por evidencia, sino por un sentido de pertenencia tribal. Las redes sociales no inventaron estos fenómenos, pero los han acelerado como nunca antes: el algoritmo premia lo que genera emoción, indignación y una sensación de “despertar”, no necesariamente lo que se acerca a la verdad.


Un ejemplo propio que ilustra esto, aunque en un registro más cotidiano y menos extremo, es el de un conocido con quien jugaba en línea. Era estadounidense y participaba en un grupo de recreacionismo de El Señor de los Anillos. Los fines de semana se vestía como el rey de los elfos, y en sus redes sociales incluso utilizaba ese nombre como parte de su identidad. Durante la semana trabajaba como administrativo, pero en ese otro espacio construía una identidad distinta. Con el tiempo conoció a una mujer que también participaba en ese mundo, y al casarse lo hicieron caracterizados como el rey y la reina de los elfos.

Este ejemplo no es problemático en sí mismo, porque se trata de un juego compartido y consciente. Sin embargo, permite ver cómo una comunidad puede construir un universo simbólico propio, con reglas, identidades y sentidos que funcionan dentro de ese grupo. El problema aparece cuando ese tipo de construcción deja de ser un juego o una representación, y pasa a reemplazar la realidad, cerrándose sobre sí misma y rechazando cualquier contraste con el mundo externo.

El ser humano no tolera fácilmente la exclusión. Es un ser social que, aunque no necesariamente lo sea “por naturaleza” en todos sus aspectos, ha logrado desarrollarse y sostenerse como especie gracias a la vida en grupo. Por eso, aunque en teoría podamos sobrevivir solos, en la práctica no sabemos hacerlo, y además no es saludable para nuestra mente.


En la actualidad, vivimos en un mundo que exige permanentemente: consumir, rendir, destacarse, pertenecer. Esta presión constante deja a muchas personas en los márgenes. Es entonces cuando aparece el riesgo de la patología: si no logro insertarme en ese mundo tan demandante, puedo intentar construir uno paralelo en el que sí tenga un lugar.


Retomando el ejemplo anterior, este conocido trabajaba de lunes a viernes, disfrutaba de su vida familiar, cumplía con sus responsabilidades y, los fines de semana, participaba en un espacio de recreación donde asumía otro rol. Desde cierto punto de vista, esto es saludable: todos necesitamos espacios de escape, de juego o de expresión simbólica. El problema aparecería si esa identidad ficticia dejara de ser un juego y pasara a reemplazar su identidad real; si comenzara a pensarse verdaderamente como el “rey de los elfos” y rechazara su vida concreta.


Es en ese punto donde la intersubjetividad se vuelve problemática: cuando el acuerdo colectivo deja de complementar la realidad y comienza a sustituirla.


Jugar videojuegos online, compartir con los compañeros del gimnasio, los amigos del club de fútbol, participar en grupos de recreacionismo histórico o incluso en juegos de rol, son nichos sociales que nos permiten tomar distancia del mundo cotidiano. Funcionan como espacios donde es posible suspender, al menos por un momento, las exigencias del consumo, los estándares muchas veces irreales y esa lógica constante de competencia que plantea que siempre hay que ganar.


En ese sentido, estas prácticas pueden ser saludables: operan como rutinas de escape y de descanso simbólico, donde las reglas del mundo cotidiano —esa idea de que “el hombre es el lobo del hombre”— pierden fuerza y se abren otras formas de vincularse.


El problema aparece cuando ese escape deja de ser momentáneo. Cuando ya no se trata solo de salir del mundo que conozco, sino de reemplazarlo; cuando empiezo a aceptar ese otro espacio como si fuera la realidad, porque el mundo concreto ya no me ofrece un lugar seguro.


El caso de los therians, por ejemplo, no radica simplemente en que algunas personas se identifiquen con animales. El punto más profundo es que, al hacerlo, están expresando que el mundo real no les brinda la seguridad o el reconocimiento que necesitan. Entonces construyen una identidad paralela que sí se los ofrece.


Es ahí donde el videojuego, el rol o la fantasía dejan de ser un espacio de recreación y pasan a convertirse en una posible patología: cuando ya no funcionan como un puente de ida y vuelta, sino como un refugio permanente que sustituye la realidad.


La conclusión es incómoda, pero clara: no fabricamos realidades paralelas porque seamos irracionales, sino porque la realidad principal ha dejado de ofrecernos un lugar donde habitar con dignidad.

Y mientras el sistema continúe premiando la performance y el consumo por encima de todo, estos mundos paralelos seguirán siendo necesarios. Algunos funcionarán como espacios de juego y distensión. Otros, en cambio, pueden transformarse en prisiones suaves.

Por lo tanto, el problema no radica simplemente en que haya personas que sostengan que la Tierra es plana y rechacen la evidencia científica, visual y social acumulada durante siglos. El problema más profundo es que el mundo se ha vuelto un espacio en el que esas personas encuentran, en una mentira, un refugio frente a la realidad.

Es ahí donde, como sociedad, debemos preguntarnos cómo tratamos a los demás y cómo nos vinculamos entre nosotros. Porque, en definitiva, la intersubjetividad —el prójimo, el otro, quien está a nuestro lado— forma parte de la misma realidad, aunque con sueños y expectativas diferentes.

Cuando perdemos de vista al otro, dejamos espacio para que la mentira, el malestar, la enfermedad o las adicciones encuentren terreno fértil.

Es así que, a mis 41 años, aunque nunca haya visto trillizos en persona, sé que son reales. Del mismo modo en que confiamos en otros para conocer el mundo, también somos responsables, a través de nuestras acciones, de construir un mundo en el que el otro se sienta digno y habitable para vivir.


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