¿Qué significa labrar y guardar el huerto? Una lectura antropológica del Génesis.

 


Escrito por Ruben Felix Galvano 

Tal vez de todos los textos de este trabajo, éste es el bicho raro, el mismo es el resultado de conversaciones con Romina Lusquiños, licenciada en Medicina y Fernando Saini licenciado en Filosofía y Teología (también profesor mío del seminario bíblico), ambos profesores y compañeros del Instituto Evangélico Bautista de Ciudadela. El objetivo del presente trabajo es realizar un análisis del Génesis ( capítulos del 1 al 11), y pensé en aprovechar para dar una mirada antropológica y teológica, de esta manera para dar luz sobre ciertas dudas, malas interpretaciones y desinformaciones que se puedan tener sobre el Génesis. 

Este texto no agota la totalidad de lecturas ni interpretaciones, pero intenta enmarcar una mirada dual . Al hacer esto el siguiente trabajo queda como dije antes como un bicho raro, pero aquellos que me han leído sabrán que es parte de mí estilo como escritor. 

La armonía de la creación 

Luego de leer Génesis 1, al comenzar la lectura, nos encontramos con el silencio que es cortado por la voz de Dios . En los primeros versículos, se nos presenta una tierra “desordenada y vacía” (tohu va-bohu), sumida en el caos, que es llevada al orden a través de la Palabra de Dios (Gn 1,1-2). Dios crea hablando, y su palabra no solo produce existencia, sino también sentido y armonía: “Dijo Dios… y fue así” (Gn 1,3).

La creación, en estos versículos iniciales, puede pensarse como una orquesta sinfónica que, bajo la dirección del creador, comienza a obedecer y a ordenarse en una armonía musical, como una ópera prima. La luz, las aguas, la tierra, los astros y los seres vivientes responden sin resistencia a la palabra divina (Gn 1,6-25). La naturaleza es ruidosa, fecunda y dinámica, pero nunca es rebelde: todo lo creado cumple la función que le es asignada.

Estos versículos, más allá de intentar explicar cómo fueron creados el cielo y la tierra, cumplen una función fundamental “establecer un marco teológico y antropológico”. Dios crea toda la naturaleza y coloca como su corona al ser humano, una creación radicalmente distinta del resto. “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1,26). Esta distinción no es jerárquica en términos de dominio violento, sino funcional. El hombre recibe 3 órdenes: la tarea de organizar y cuidar la creación, que implica el gobierno de la misma; y por último multiplicarse para poblarla.

La vocación humana queda expresada con claridad: “Sean fecundos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla” (Gn 1,28), y más adelante, “El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén para que lo labrara y lo cuidara” (Gn 2,15). El trabajo no aparece como castigo, sino como participación en la obra creadora de Dios, donde las acciones de labrar y guardar son la forma de gobierno, a través de la intervención ordenada.

Sin embargo, este orden se quiebra. El ser humano cae en pecado al obedecer la mentira de la serpiente y perder la confianza en Dios (Gn 3,1-6). La consecuencia es la ruptura de la relación con Dios, con el otro y con la creación. La humanidad es expulsada del jardín del Edén (Gn 3,23-24), ese lugar donde no existía la necesidad ni la escasez. Allí el trabajo no estaba atravesado por la angustia, la tierra daba su fruto sin resistencia y no existía la explotación del otro ser humano.

A partir de este punto, el Génesis introduce relatos históricos y genealógicos. Aparecen los hijos de Adán (Gn 4) y la expansión de la humanidad sobre la tierra, la violencia, la codicia, la venganza y la lujuria, todos pecados frutos de la mentira y la rebeldía. 


La humanidad anterior al diluvio 

El relato del Génesis menciona la multiplicación de los pueblos y deja abierta la posibilidad de pensar la coexistencia con otros grupos humanos. Esto permite establecer un paralelismo antropológico con los distintos homínidos que existieron a lo largo de la historia, sin que el texto bíblico busque ofrecer una explicación científica, sino teológica.

Este proceso desemboca en un primer gran punto de quiebre: el diluvio universal. El relato del diluvio no es exclusivo de la tradición bíblica, sino que aparece en diversas culturas de la humanidad, lo que refuerza su valor simbólico y antropológico. En el Génesis, este acontecimiento expresa una decisión radical de Dios: preservar una única línea creacional, la familia de Noé, descendiente de Adán (Gn 6,18; 7,1).

La causa del diluvio es clara: “El Señor vio que la maldad del hombre era grande en la tierra” (Gn 6,5). La violencia y la corrupción habían desfigurado completamente la creación. El texto afirma incluso que “le dolió en su corazón” (Gn 6,6), una expresión profundamente divina, ya que fuimos creados a su imagen. Esto muestra el sufrimiento de Dios ante la pérdida del sentido original de la humanidad.

En este contexto, Dios también decide acortar la vida humana: “No permanecerá mi espíritu en el hombre para siempre… sus días serán ciento veinte años” (Gn 6,3). La eliminación del resto de la humanidad y de muchos seres vivientes no aparece como un acto arbitrario, sino como consecuencia del alejamiento radical de Dios y de la ruptura con la función original del ser humano: gobernar la tierra a imagen y semejanza de Dios.

El hombre ya no cuidaba la tierra, ya no custodiaba la creación ni honraba a su Creador. La violencia había reemplazado al cuidado, y la dominación había suplantado la responsabilidad. El diluvio, entonces, no es solo destrucción, sino también juicio y reinicio: una oportunidad para restablecer el orden, la vocación humana y la relación entre Dios, el hombre y la creación (Gn 9,1-7).

El Génesis como relato antropológico e histórico 

Desde una perspectiva antropológica, el Génesis presenta rasgos propios de una mentalidad prehistórica avanzada, compatible con contextos culturales del Neolítico, período que comienza aproximadamente hacia el 10.000 a.C., cuando la humanidad desarrolla la agricultura, el sedentarismo y una relación más consciente con la tierra. 

Este dato no invalida el texto bíblico, sino que lo enmarca: el Génesis no surge en el vacío, sino en culturas que ya reflexionaban sobre el origen, el orden, el trabajo y la convivencia humana. Asimismo, la antropología moderna confirma que el Homo sapiens apareció hace unos 300.000 años y convivió durante decenas de miles de años con otros homínidos, como los neandertales, hasta aproximadamente hace 40.000 años. El Génesis no niega esta coexistencia, simplemente no la tematiza, porque su interés no es biológico ni evolutivo, sino teológico.

En este sentido, el Génesis nunca fue un texto científico ni pretende una lectura literal moderna. Su objetivo no es explicar cómo se creó el mundo, sino por qué y para qué fue creado: para ser habitado por el hombre en relación con Dios. Someter un texto pre-científico a los parámetros del conocimiento científico contemporáneo implica perder su eje central. 

Los datos históricos y antropológicos aquí mencionados no buscan debilitar la fe, sino liberar al pensamiento cristiano de la falsa idea de que el mundo tiene solo algunos miles de años

 Del mismo modo, el orden funcional de la creación —luz, separación, vida, complejidad creciente— guarda una sorprendente analogía con las eras geológicas, aunque el texto bíblico nunca intenta describir procesos físicos. El Génesis no explica la mecánica de la creación, sino su sentido: un mundo ordenado, habitable y confiado al cuidado responsable del ser humano.


 La torre de Babel y el nacimiento de las diferentes culturas 

El relato de la torre de Babel constituye otro texto clave dentro del Génesis como explicación de origen. Allí no se busca describir científicamente el nacimiento de las lenguas, sino interpretar teológicamente la fragmentación de la humanidad (Gn 11,1-9). La pretensión de construir una torre “que llegue hasta el cielo” expresa el intento humano de unidad sin Dios y de gobernar sin semejanza, sino con competencia hacia el creador. La confusión de las lenguas no aparece como un castigo arbitrario, sino como la consecuencia de un proyecto humano que no cumple el orden querido por Dios.

Leído en diálogo con la antropología, este relato también permite iluminar el fenómeno de las migraciones y el poblamiento del mundo. La humanidad se expande desde un origen común en un proceso largo y gradual: la expansión global del Homo sapiens comienza hace aproximadamente entre 70.000 y 60.000 años, y el poblamiento de casi todo el planeta se completa hacia los 15.000–12.000 años atrás. El Génesis no describe rutas migratorias ni cronologías, pero ofrece una clave de lectura simbólica y teológica: la diversidad cultural y lingüística no es una maldición en sí misma, sino el resultado de una humanidad que, al no lograr encontrar una identidad común en Dios, se dispersa sobre la tierra y se multiplica, cumpliendo —aunque de manera conflictiva— el mandato original de “llenar la tierra” (Gn 1,28).


Si volvemos a la tesis inicial, el Génesis no es un texto científico, sino fundamentalmente teológico. Sin embargo, una lectura a la luz de la antropología permite comprender y unificar sus relatos, mostrando que la creación, la caída, el diluvio y la torre de Babel expresan un mismo problema de fondo. En todos ellos, el ser humano aparece intentando gobernar la tierra separado de Dios, y ese intento deriva inevitablemente en dominación del otro, coacción sobre la naturaleza y fractura del orden para el cual fue creado: labrar y guardar la creación.

¿Qué implica gobernar la tierra a imagen y semejanza de Dios?

Leído de este modo, el Génesis deja de ser un texto arcaico y se vuelve inquietantemente actual. Al confrontarlo con el presente, advertimos que el ser humano no ha cambiado sustancialmente a lo largo de los siglos. Las lógicas de dominación, los abusos, las violencias y la ruptura del vínculo con la tierra continúan siendo rasgos persistentes de nuestra historia.

Esto nos lleva a una pregunta que permanece abierta y sin resolver: ¿qué significa realmente labrar y guardar el huerto? ¿Qué implica gobernar la tierra a imagen y semejanza de Dios? Estas preguntas no interpelan solo a la fe, sino también a nuestras prácticas sociales, políticas y económicas, a nuestros hábitos de consumo, al cuidado del medio ambiente y a la manera en que nos relacionamos con los recursos naturales y con los demás.

El Génesis, lejos de hablarnos de un pasado remoto, nos confronta con un espejo incómodo: no somos muy distintos de los seres humanos que habitan sus relatos. La pregunta sigue siendo la misma, y la respuesta, todavía, está en disputa.


Comentarios

  1. Está lectura es realmente enriquecedora. Gracias por compartir sus conocimientos.
    Espero con ansias su próximo blog!!

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