Las ciudades latinoamericanas: territorio, economía y progreso

 


Escrito por Rubén Félix Galvano

Las ciudades latinoamericanas no aparecieron porque un grupo de personas eligió vivir en un lugar: se construyeron, crecieron y se transformaron como consecuencia de procesos políticos, económicos, sociales y geográficos. Por eso, observar una ciudad actual es también observar las etapas históricas que atravesó un territorio.

Analizar las ciudades de América Latina permite comprender un concepto clave de la Geografía: la territorialización. El territorio no es solo un espacio físico, sino un espacio transformado por las sociedades, donde distintos actores —Estados, empresas, comunidades, capitales nacionales y extranjeros— toman decisiones, invierten, producen y establecen relaciones de poder.

1. De las ciudades prehispánicas a la ciudad colonial

Antes de la llegada de los europeos existían en América sociedades urbanas muy distintas entre sí. En los Andes, el Imperio inca desarrolló centros urbanos y administrativos como Cusco, junto con asentamientos vinculados a la producción agrícola y el control territorial. Allí, el intercambio funcionaba mediante un sistema de reciprocidad: no buscaba principalmente la ganancia económica, sino sostener relaciones entre comunidades y el funcionamiento del Estado. Además, la cordillera, los desiertos, las selvas y las enormes distancias dificultaron la circulación entre pueblos, por lo que América prehispánica no era un espacio integrado, sino un conjunto de grandes áreas culturales con relaciones sobre todo regionales.

La llegada de españoles y portugueses transformó radicalmente esta situación. La ciudad pasó a ser la herramienta principal para conquistar, organizar y administrar el territorio, cumpliendo funciones políticas, económicas, militares y religiosas a la vez. A diferencia de muchas sociedades prehispánicas, las ciudades coloniales estaban fuertemente integradas entre sí y, sobre todo, con los centros de poder de Europa.

Ejemplo: Lima fue un centro fundamental del Virreinato del Perú por su relación con las áreas mineras, especialmente Potosí: la plata americana se integraba a un circuito económico que llegaba hasta los mercados internacionales. Buenos Aires, Cartagena de Indias, Ciudad de México y Santiago de Chile adquirieron, cada una, funciones particulares dentro de esa misma estructura colonial.

La ciudad colonial no solo ocupaba un territorio: lo organizaba. Ahí aparece con claridad la territorialización como proceso, con el poder político y económico transformando el espacio según sus intereses.

2. La independencia no borró la estructura urbana colonial

Los nuevos países latinoamericanos no comenzaron desde cero: utilizaron una infraestructura urbana ya existente. Las capitales conservaron buena parte de su importancia y muchas ciudades mantuvieron sus antiguas funciones.

Ejemplo: Buenos Aires pasó de ciudad colonial a capital de la Argentina y luego a principal centro económico y portuario del país. La independencia cambió el poder político, pero no eliminó la posición estratégica que la ciudad había construido durante siglos.

Esto muestra que el territorio tiene una especie de memoria geográfica: las decisiones tomadas en una etapa histórica condicionan las posibilidades de las etapas siguientes. Una ruta, un puerto o una infraestructura construida hace cien o doscientos años puede seguir influyendo sobre la organización territorial actual.

3. El modelo agroexportador y las ciudades

Durante el siglo XIX y comienzos del XX, gran parte de América Latina se incorporó al mercado mundial a través del modelo agroexportador. Las inversiones extranjeras —británicas primero, estadounidenses después— impulsaron ferrocarriles, puertos y frigoríficos, y las ciudades crecieron alrededor de estas actividades para conectar las áreas productivas con los mercados internacionales.

Ejemplo: En la Argentina, la expansión agroexportadora fortaleció a Buenos Aires y a las ciudades vinculadas al sistema ferroviario y portuario, organizando el territorio para transportar la producción del interior hacia los puertos y de allí a Europa.

La ciudad se volvió pieza clave de una economía orientada hacia afuera: gran parte de lo producido no era para el mercado local. Este modelo, sin embargo, también generó fuertes desigualdades territoriales entre regiones que recibieron inversión y otras que quedaron marginadas.

4. Industrialización y concentración urbana

El modelo agroexportador se debilitó con la Primera Guerra Mundial, la crisis de 1929 y la Segunda Guerra Mundial, que alteraron el comercio internacional. Los países latinoamericanos avanzaron entonces hacia la industrialización por sustitución de importaciones, y las industrias, que necesitaban trabajadores, transporte y mercados consumidores, hicieron crecer rápidamente a las grandes ciudades.

Ejemplo: Buenos Aires y su área metropolitana recibieron durante el siglo XX enormes cantidades de población de otras regiones del país y de países limítrofes, generando nuevas áreas industriales, barrios obreros y grandes periferias urbanas.

También surgieron ciudades con funciones particulares: La Plata, planificada como capital administrativa de la provincia de Buenos Aires; Brasilia, creada para reorganizar el territorio brasileño; Mar del Plata, con fuerte desarrollo turístico. Una misma ciudad puede tener varias funciones, y esas funciones cambian con el tiempo.

5. La globalización y la nueva ciudad latinoamericana

Desde fines del siglo XX, la globalización —internet, telecomunicaciones, finanzas internacionales, empresas transnacionales— conectó de manera mucho más intensa a territorios distantes entre sí. Las ciudades pasaron a formar parte de redes globales: una empresa puede diseñar un producto en un país, fabricar sus piezas en otro, ensamblarlas en un tercero y venderlas en todo el mundo.

Ejemplo: Una empresa tecnológica puede diseñar un producto en California, fabricar sus componentes en China y comercializarlo mediante plataformas digitales en Buenos Aires, Córdoba o Bogotá: la ciudad deja de ser solo un lugar físico y se convierte en un nodo de una red económica mundial.

China adquirió además enorme importancia mediante inversiones en puertos, carreteras e infraestructura de circulación. La globalización volvió a transformar el territorio, pero abre una pregunta central para pensar todo lo anterior.

6. Modernización, actores y progreso: ¿para quién se transforma el territorio?

En una ciudad latinoamericana actual conviven autopistas, edificios inteligentes e internet de alta velocidad con barrios sin cloacas, calles de tierra y dificultades para acceder al agua potable.

Ejemplo: Una persona puede tener Netflix y comprar por internet mientras, a pocos kilómetros, otros barrios todavía no logran acceso regular al agua potable o a una infraestructura urbana adecuada.

Esto obliga a matizar una idea muy instalada: que modernizar una ciudad implica automáticamente mejorar la vida de toda su población. La experiencia latinoamericana muestra que una ciudad puede modernizar su infraestructura y, al mismo tiempo, sostener profundas desigualdades sociales y territoriales, porque los modelos económicos no siempre distribuyen de manera equitativa los beneficios de sus propias transformaciones.

Esto sucede porque las transformaciones territoriales las producen distintos actores con intereses distintos: una empresa busca rentabilidad, un Estado busca crecimiento o control político, una población necesita vivienda, agua, transporte y escuelas. Territorializar es también establecer relaciones de poder sobre el espacio. La ciudad colonial respondió a las necesidades del sistema colonial; la agroexportadora, al comercio internacional; la industrial, al mercado interno; la global, a las redes económicas y financieras internacionales. Las sociedades también resisten y disputan el territorio, pero para entender por qué una ciudad tiene determinada forma —por qué una infraestructura se construye en un lugar y no en otro, por qué unos barrios reciben inversión y otros quedan postergados— hay que preguntarse qué actores intervienen y qué intereses representan.

Desde las ciudades prehispánicas hasta las ciudades globalizadas de hoy, cada etapa produjo nuevas formas de organizar el espacio: cambiaron las funciones, las actividades económicas, las redes de transporte y las relaciones con otros territorios. Pero si el progreso respondiera únicamente a las necesidades de las personas, sería difícil explicar por qué en ciudades conectadas con los principales circuitos económicos del mundo todavía existen barrios sin infraestructura básica.

Por eso la pregunta que no deberíamos abandonar es esta: ¿progreso para quién? La Geografía no debe mostrarnos solo cómo cambia el espacio, sino ayudarnos a comprender por qué cambia, quiénes producen esos cambios y quiénes se benefician o quedan excluidos de ellos. Las ciudades son, en definitiva, el resultado visible de una disputa permanente por el territorio.


Comentarios

Entradas populares de este blog

El Neoliberalismo en Argentina (1976-2001)

¿Qué significa labrar y guardar el huerto? Una lectura antropológica del Génesis.

Malvinas, más allá de la guerra: geopolítica, memoria y futuro

Deuda pública, estructura productiva y límites del desarrollo en la Argentina reciente

El cuerpo como objeto de consumo en la cultura global