La historia de todos los barrios: Villa Bosch
Un pueblo en medio de La ciudad
Escrito por Rubén Felix Galvano.
Mis abuelos llegaron a Villa Bosch con el resto de un grupo de inmigrantes italianos, unas dos familias gallegas y una familia judía. En general, el barrio tenía tres cuadras. Mi abuela decía que desde la terraza se podía ver la estación de Caseros, a quince cuadras; el barrio de Palomar, a doce; y la estación de Villa Bosch, a ocho.
Una de mis anécdotas favoritas es cómo los vecinos trajeron la electricidad desde la estación con una empresa norteamericana, y la pagaron de su bolsillo porque el Estado no quería. En esa frase definimos toda la historia argentina.
Con el tiempo, esa zona se convirtió en parte de Caseros cuando se formó el partido de Tres de Febrero, pero para mis abuelos, mis padres y yo, siempre dijimos que éramos del pueblo de Villa Bosch.
Mi madre siempre me contaba que cuando ella tenía quince años ya no se podía ver más las estaciones desde la terraza. En pocos años, la electricidad trajo a la ciudad, aunque fue el barrio el que trajo la electricidad, y el barrio lo formó la inmigración y las políticas de loteo de tierras de Perón e incluso políticas anteriores habían desarrollado otros pueblos pequeños cerca de la estación.
Este ha sido el lugar de residencia de mi familia desde hace cuatro generaciones. He visto los cambios en mi barrio; a veces miro las fotos de la infancia de mi mamá y veo un pueblo. Sus recuerdos son de una vida comunitaria con personas que partieron hace mucho.
Mi vida fue la de un chico de un barrio del conurbano, y mis hijos viven en una ciudad. Me crié en un barrio de italianos (1). Se dice popularmente que la mitad de Italia está en Villa Bosch, y un claro ejemplo son las tres fábricas de helados y la cantidad de fiambrerías y mayoristas de embutidos.
Hay que distinguir el Villa Bosch geográfico, que posee límites precisos, del Villa Bosch cultural, que se extiende hasta las fronteras de las localidades vecinas. Esto se debe a que la creación del partido de Tres de Febrero, en el año 1959, es posterior a la población de la zona en 1871 y la fundación de la estación en 1934, ambas muy anteriores a esa división administrativa.
Un ejemplo concreto son mis conversaciones con mi cuñado. Él siempre me habla de una marca de helados y no sabe que la fábrica está en mi barrio, y tampoco sabe que no es la mejor: acá es la menos rica. Las heladerías más viejas todas fabrican su propio helado.
Pero volvamos a los cambios. Villa Bosch nunca tuvo boliches; mi tío me contó que hay una ordenanza municipal que lo prohíbe (2). Es una zona de escuelas —unas siete—, fábricas y negocios. Es el segundo centro comercial más grande después de Caseros en el partido, pero su población no supera las 30 mil personas. Por lo tanto, es un pueblo dentro de la ciudad: de marzo a diciembre se triplica su población, y en enero vuelve a ser el barrio en que crecí.
Viví el barrio desde mi herencia cultural: somos napolitanos y sicilianos, por lo tanto nos gusta la carne y somos pochocleros. Siempre fui el nieto del pochoclero, el hijo del pochoclero y el pochoclero del barrio.
Recuerdo que cuando tenía nueve años inauguraron la plaza Beltrán, y desde entonces fue el lugar de trabajo mío y de mi papá. Este año cambiaron los juegos y la hicieron nueva. Mi hijo ama la nueva plaza, pero junto con el pino de 70 metros que se incendió hace unos años —que era el emblema del barrio— y los abuelos que ya no están, ya no queda casi nada de ese lugar donde se instaló mi familia. Solo mi recuerdo, y ahora este texto.
Ese sentimiento de nostalgia que tengo se conoce como topofilia: el amor al barrio. Es un tema que he desarrollado en este blog y que vale la pena retomar aquí.
El barrio en que me crié técnicamente ya no existe. Ese apego al lugar viene por una herencia cultural: es el lugar donde crecieron mis abuelos, donde tuvieron a sus hijos, donde mis padres tuvieron a sus hijos y donde yo he tenido a los míos. Aun así, los cambios han tapado un poco el horizonte. Como las capas del suelo que muestran los diferentes horizontes geológicos y revelan la historia del terreno, los cambios en el espacio muestran la historia de la economía, de la política, de la cultura.
Mi hijo se criará en un barrio con torres y edificios. Cada vez que construyen uno alto, él se pone contento. Lo que yo siento, en cambio, es que hay una casa donde vivió una familia, donde hubo un abuelo que falleció, que la vendieron y que ya no existirá más. ¿Quién se acordará de que ahí había una casa cuando yo me muera?
Mi hijo se criará en un barrio con un cine en la estación y un aeropuerto a 25 cuadras. Yo me crié en un lugar donde tenías que caminar diez cuadras para llegar a los fichines, donde había un fichín, unos bares con pool y una juguetería, y eso era lo más importante. Hoy esos espacios no existen.
La topofilia(El amor al barrio la Topofilia)nos explica también cómo esa añoranza al espacio genera el crecimiento desigual que se expresa en los barrios privados. Muchas familias quieren volver a esa sensación de barrio, de vecinos, de seguridad: comprar un departamento y vivir con los mismos vecinos, reconstruir esa comunidad que se perdió, la que vivieron nuestros abuelos y nuestros padres y que nosotros ya no tenemos. La buscamos porque esa sensación —la de resguardo, la de pertenencia— es lo que hace que a un espacio geográfico podamos llamarlo hogar.
De esta manera, Villa Bosch es una ciudad europea, aunque no es una ciudad de Europa(Las ciudades europeas y las ciudades de Europa). Fue fundada por europeos, que le transmitieron al lugar ese sentido de pertenencia: las heladerías, las plazas, las fiambrerías, el festival de la italianidad que se celebra todos los años. Pero no es un barrio de Europa, porque estamos en América (3).
Este proceso se puede ver claramente en Argentina a través de las migraciones que hubo, y también se repite, por ejemplo, en la Pequeña Italia de Nueva York o en Ciudad Jardín, que es un barrio alemán en el conurbano bonaerense. Como he desarrollado en este blog, la colonización y la migración europea sobre el territorio dejaron marcas, dejaron estructuras, y eso se ve en el espacio y se ve en las ciudades.
Al lado de Villa Bosch hay un barrio llamado Villa Libertad, que pertenece a San Martín: Billinghurst. Si vas al centro de Billinghurst, es totalmente diferente a Villa Bosch. Las personas que viven en ese barrio tienen ciertas condiciones de vulnerabilidad, y ahí vemos algo muy importante: la desigualdad estructural del conurbano bonaerense, donde conviven diferentes guetos. En este caso, un gueto étnico como Villa Bosch, un gueto económico como el barrio del Tropezón —a una estación de tren de donde vivo— y un barrio privado como el de Podestá, a otra estación(Espacios de exclusión social en las ciudades).
Esto nos habla de las diferentes áreas de exclusión que se desarrollan en el territorio, vinculadas tanto a características económicas como culturales. Mientras que en Villa Bosch hay siete escuelas que educan a miles de niños provenientes de zonas limítrofes, Villa Libertad solo tiene tres, siendo una zona igual de extensa y con la misma población. Esto se debe a que Villa Bosch, por ser más antigua, creó centralidad económica y estructural.
Las personas que viven en Loma Hermosa, Podestá o Martín Coronado van a Villa Bosch a comprar, porque es más barato, hay más oferta y es más seguro. Y cuando quieren mejorar su condición de vida, eligen Villa Bosch para vivir, donde las casas son caras. Entonces, las propiedades terminan siendo compradas por proyectos inmobiliarios que construyen torres con departamentos de alto valor, porque lo que se vende en Villa Bosch no es solamente un techo: es la estabilidad que da una zona desarrollada, con seguridad, escuelas, transporte, acceso a rutas, autopista y aeropuerto. Esa centralidad desplaza el eje de atención económica de las zonas aledañas, profundizando la desigualdad que ya existía.
Por lo tanto, el pueblo europeo que construyeron mis abuelos se edificó en un barrio del conurbano donde fueron llegando diferentes familias. Ese barrio, con el tiempo y gracias a la centralidad económica de su población —todos hijos de inmigrantes, profesionales, con fábricas o con estudios— construyó una estabilidad que lo hizo crecer. Hubo políticas públicas que acompañaron: las calles están en buen estado, hay iluminación, las plazas están bien mantenidas, el centro comercial tiene de todo. Las escuelas se fueron construyendo y hoy tienen matrícula altísima y son de las mejores del partido. Todo eso generó un peso económico que le dio centralidad al barrio, una centralidad que no se le dio a otras zonas, no porque no se pudiera, sino porque dentro del espacio también hay relaciones de desigualdad (4).
Y esas relaciones de desigualdad tienen que ver, en parte, con el amor al barrio. Creo que Villa Bosch creció porque la gente que vive acá ama donde vive y no quiere irse. Hablo con vecinos y me cuentan de parejas que vinieron de Lanús o de La Matanza y se enamoraron del barrio. Mi propia esposa, que viene de La Matanza, se enamoró de Villa Bosch. Porque es un lugar que fue construido con amor: personas que habían dejado su patria, genoveses, napolitanos, sicilianos, que estaban desoladas y hicieron una comunidad. Y esa comunidad construyó una ciudad desde vínculos.
Pasó la historia argentina, pasaron la economía y las decisiones políticas, pero al final el espacio representa las relaciones de amor. Cuando ese amor desaparece, cuando nadie cuida ni pertenece, aparecen la inseguridad, la droga, la explotación voraz, la gentrificación. Es entonces cuando llegan los que quieren construir sobre lo construido, poniendo la economía por encima de la identidad. Pero no se puede borrar la historia, y no debemos permitir que el avance de la ciudad siga generando espacios de exclusión ni borrando identidades barriales. Los políticos y los economistas no pueden hacer la vista gorda: hay que promover que se sigan construyendo espacios de amor e inclusión en otras zonas geográficas.
Yo, cada vez que llego a Villa Bosch después de trabajar, llego a casa y me veo jugando en las esquinas, trepando a los árboles que ya no están, corriendo con mi mamá, hablando con los abuelos que ya no existen. Y un día, como ha pasado con toda la historia, yo también seré un recuerdo del barrio de Villa Bosch.
Notas al pie de página:
1. El Honorable Concejo Deliberante de Tres de Febrero declaró al distrito "Corazón de la Italianidad en la República Argentina", afirmando que Villa Bosch concentra una de las mayores cantidades de italianos y descendientes de italianos en una zona reducida.
2.Existe una declaración pública del ex intendente Hugo Curto explicando que en Tres de Febrero no habilitaban boliches bailables por razones de seguridad
3.Festival de la italianidad: el municipio organiza desde hace años el evento "Celebra Italia" en Villa Bosch, destacando que allí se encuentra una de las comunidades italianas más grandes de Argentina.
4.El texto no pretende ser un censo ni un informe estadístico, sino un relato testimonial basado en la experiencia vivida de un habitante de cuarta generación del lugar. En ese contexto, el imaginario geográfico local es una fuente válida de interpretación del territorio.
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