¿Qué entendemos por “recurso natural”? Una mirada crítica desde la geografía para evitar la extinción



Por Rubén Félix Galvano

Los análisis e interpretaciones presentados en este artículo son de elaboración propia, basados en mi formación en geografía, los textos leídos en mi formación y mi experiencia docente.

Nota del autor: Al no tener PC, y al pasar el trabajo al blog, se desconfiguró, por lo cual tuve que insertar los cuadros como imágenes.

El concepto de recurso natural no describe simplemente un elemento de la naturaleza, sino una valoración económica aplicada a esa naturaleza. Esto significa que un elemento natural se convierte en recurso cuando cumple tres condiciones fundamentales:

Es cercano o accesible a un grupo humano.

Satisface una necesidad particular (alimentaria, energética, industrial, etc.).

Existe la capacidad tecnológica para explotarlo.

Cuando esas tres características se combinan, un elemento natural —un río, un mineral, un bosque, un viento, un animal— pasa a ser considerado un bien económico. Por eso, el recurso natural es un concepto cultural e histórico, no algo dado de manera neutral.


Clasificación de los recursos naturales


Clasificación de los recursos naturales

En geografía, suele utilizarse una clasificación que organiza los recursos en cuatro grandes grupos:

Renovables: aquellos que pueden recomponerse dentro de ciclos naturales relativamente cortos (bosques, suelos fértiles, agua dulce subterránea).

No renovables: se agotan a escala humana porque sus ciclos de regeneración son extremadamente largos (minerales, petróleo, gas).

Perpetuos: aquellos cuya disponibilidad no se ve afectada por el uso humano (viento, radiación solar, mareas).

Potenciales: elementos que aún no explotamos por falta de tecnología o necesidad, pero que podrían convertirse en recursos en el futuro.

Esta clasificación posee dos problemas centrales. Intenta clasificar los recursos por su capacidad de renovación, lo cual es una falacia técnica, como veremos más adelante. El segundo problema es que trata de presentar que todo elemento puede satisfacer una necesidad potencial, pero no siempre coincide el conocimiento técnico con el conocimiento de la naturaleza, porque los intereses de la ciencia no siempre van en esa dirección.

Esta clasificación permite transformar prácticamente todo el universo de elementos naturales en bienes económicos en potencia, una característica depredatoria hacia la biosfera, tal como explica David Harvey:

“El capitalismo convierte a la naturaleza en una mercancía para sostener su lógica de acumulación, produciendo ciclos de apropiación y degradación cada vez más intensos.” (Harvey, 2004)

Por lo cual, enunciar el concepto de recurso es un recorte económico sin tener en cuenta las lógicas naturales.



La tensión entre economía y ciclos naturales


El problema central aparece cuando a los elementos y procesos de la naturaleza se los analiza exclusivamente bajo la lógica económica. Los ciclos naturales —regeneración de bosques, recarga de acuíferos, formación de suelos, migración de especies, etc.— funcionan según tiempos propios, independientes de los ritmos del consumo humano, algo que pareciera desconocerse.

“La economía convencional ignora los tiempos de recuperación de la naturaleza, como si fueran irrelevantes para el proceso económico.” (Martínez-Alier, 2002)



Al convertirlos en recursos económicos, se los subordina a la demanda de sociedades globalizadas, caracterizadas por:

Una población creciente,

Patrones de consumo cada vez más intensos,

Gran desigualdad en el acceso y uso de esos recursos.

Esto genera tensiones profundas: la renovabilidad o no renovabilidad es un proceso ecológico, pero la extracción y el consumo responden a lógicas de mercado. Cuando la demanda supera el ritmo natural de regeneración, incluso un recurso renovable puede volverse no sustentable. Por lo tanto, nos plantea ciertas dudas sobre la concepción económica de la naturaleza, como nos explica Gudynas.

“No se trata de gestionar mejor los recursos naturales, sino de cuestionar la idea misma de naturaleza como recurso.” (Gudynas, 2011)



De los “recursos naturales” a los “bienes de la humanidad”: un cambio conceptual necesario


En los últimos años, diversos autores, organismos internacionales y corrientes de pensamiento ambiental han propuesto reemplazar el concepto de recurso natural por el de bien de la humanidad (common heritage of humankind). Este cambio no es menor: implica transformar la manera en que entendemos el vínculo entre sociedad y naturaleza.

Mientras que recurso natural es un concepto que nace de la lógica económica —evaluar elementos naturales según su utilidad, su escasez y su capacidad de generar valor—, el bien de la humanidad se centra en la preservación de la vida, la equidad intergeneracional y la defensa de aquello que es indispensable para la supervivencia humana.

¿Qué son los bienes de la humanidad?


Se consideran bienes de la humanidad aquellos elementos imprescindibles para que la vida humana pueda sostenerse en el tiempo, y que deben ser protegidos no sólo para el presente, sino también para las generaciones futuras. Entre estos bienes se encuentran:

El agua, como base de toda actividad vital y ecosistémica.

El suelo, indispensable para la producción de alimentos y para la estabilidad ecológica.

El aire, cuya calidad condiciona la salud humana y el equilibrio climático.

Las reservas de biosfera, reconocidas por la UNESCO por su valor ecológico y cultural.

El material genético de plantas y especies, esencial para la biodiversidad y para la seguridad alimentaria.

Ciertos conocimientos tradicionales, especialmente aquellos ligados al uso sustentable de la naturaleza.

La lógica detrás de este concepto es clara: hay elementos naturales cuya relevancia trasciende la utilidad económica inmediata y deben ser administrados de manera colectiva, como expresa la ONU.

“El agua, el aire y la biodiversidad deben ser tratados como bienes comunes globales esenciales para las generaciones futuras.” (ONU, 2015)



Esta es una realidad, ya que sin el agua, el aire y la biodiversidad no existe posibilidad de supervivencia.

Un concepto opuesto al de recurso natural… y al de propiedad privada


La idea de “bien de la humanidad” es en sí misma contraria al concepto de recurso natural. Mientras el recurso natural es algo que se explota, un bien de la humanidad es algo que se protege y administra colectivamente.

Pero también es un concepto que entra en tensión con la propiedad privada. Reconocer que un elemento —por ejemplo, el agua de un río o el suelo fértil— pertenece a la humanidad implica que:

No puede ser propiedad absoluta de un individuo o empresa.

Su gestión debe basarse en las necesidades de la comunidad y no en la rentabilidad.

Las decisiones sobre su uso deben tomarse colectivamente.

Esto nos remite a tradiciones históricas previas, como los bienes comunales medievales o el derecho romano, donde ciertos elementos naturales eran considerados res communes (“cosas comunes”).

Aparte de que el concepto de bien de la humanidad o bienes comunes necesita un paradigma distinto de gestión, como nos explica Ostrom.

“Los bienes comunes pueden gestionarse de manera sustentable siempre que las comunidades definan reglas claras y colectivas de manejo.” (Ostrom, 1990)



Para poder entender mejor cómo administrar mejor los elementos de la naturaleza, en el siguiente cuadro podemos observar las diferencias entre los conceptos de recurso natural y bien de la hu


Un argumento económico que vuelve inevitable pensar en bienes comunes


Incluso si miramos el tema desde una perspectiva estrictamente económica, el concepto de bien de la humanidad resulta necesario. Tomemos el caso del suelo en Argentina.

El suelo es la base de la producción agropecuaria, que a su vez sostiene:

La generación de divisas,

El aporte al Producto Bruto Interno,

Buena parte del funcionamiento macroeconómico del país.

Es decir, aunque jurídicamente pueda ser de propiedad privada, su función económica y social es pública, porque de él depende el bienestar colectivo. Por eso, incluso dentro del lenguaje económico, el suelo actúa como un bien común estratégico para la comunidad nacional.

La Constitución Nacional Argentina, al reconocer explícitamente la centralidad del suelo para la actividad económica, refuerza esta idea: ciertos elementos naturales no pueden comprenderse únicamente como “recursos”, porque su función es estructural para la vida social.




¿Cuánta agua dulce hay realmente en el planeta?


A nivel mundial, solo alrededor del 2,5% del agua total es agua dulce.

De ese 2,5%: cerca del 68% se encuentra inmovilizado en glaciares, hielos continentales y casquetes polares, lo que deja apenas un 0.01% disponible en ríos, lagos y acuíferos accesibles.

Este 0.01% es el que sostiene la vida humana, la agricultura, la industria y los ecosistemas continentales. De allí surge su carácter crítico: es un bien escaso.





Fuente de la Información: Datos de Hidrología Global (U.S. Geological Survey - USGS), ampliamente citados por organizaciones internacionales como la fundación Aquae.


Un recurso degradable por su uso


El agua, además de ser escasa, sufre un proceso de degradación durante su uso social. El agua que empleamos para cocinar, lavar o producir bienes se transforma en otra sustancia que solo puede volver a utilizarse si pasa por procesos de purificación, que a veces son costosos y otras veces directamente imposibles.


Un ciclo natural con lógicas propias


El ciclo del agua opera según tiempos naturales, no según las urgencias del consumo humano. Dependiendo del recorrido que realice el agua —si cae en un río, se infiltra en un suelo, es absorbida por una planta, o se evapora nuevamente al aire— puede tardar días, meses o años en volver al océano.

Esto significa que el agua no puede considerarse renovable en el sentido económico del término. En ningún momento del ciclo natural el agua se “renueva” automáticamente para el consumo humano. El ciclo mantiene la cantidad total, pero no garantiza la disponibilidad de agua potable. Por eso, insistir en llamarla “recurso renovable” resulta engañoso.


El agua como bien de la humanidad: protegerla, gestionarla y sostener su uso


Pensar el agua como un bien de la humanidad nos permite abordarla bajo otro enfoque:

1. Cuidarla, porque es indispensable para la vida.

2. Garantizar acceso universal, porque no puede mercantilizarse algo que es condición básica de existencia humana.

3. Aceptar que debe haber costos, no por el agua en sí, sino por: su purificación, su distribución, especialmente hacia regiones con escasez, la infraestructura necesaria para asegurar su uso sustentable.


Aquí aparece el conflicto central: el agua debe ser gratuita, porque es un bien común. Pero su gestión tiene costos, que deben ser sostenidos colectivamente.

La salida lógica es que dichos costos se cubran mediante impuestos o fondos públicos, dirigidos específicamente al cuidado y mantenimiento de este bien común. Para eso es necesaria una conciencia social clara: el dinero invertido en agua no es un gasto, sino una inversión en la supervivencia de la comunidad.


El caso del agua: un bien común esencial y profundamente escaso


El agua es uno de los mejores ejemplos para comprender por qué ciertos elementos naturales deben pensarse como bienes de la humanidad y no como simples recursos económicos. Aunque solemos percibirla como abundante, en términos globales es un bien extremadamente limitado.


Selvas y bosques: biodiversidad, particularidades y límites del uso humano


Las selvas y los bosques constituyen biomas cuya identidad está determinada por el clima, porque las plantas —a diferencia de los animales— no pueden migrar. Por eso, cada tipo de bosque o selva posee una composición vegetal propia, adaptada a la temperatura, la humedad, la radiación solar y los regímenes de lluvia de cada región. Por lo tanto cada una posee:

1-Biodiversidad única y necesidades de cuidado específicas

2-Cada selva y cada bosque presenta una biodiversidad distinta. Esto significa que:

3-Alberga especies animales difdiferentes4-

5-Sostiene cadenas tróficas particulares,

6- Funciona según ciclos internos de energía y materia que no se repiten de manera exacta en ningún otro lugar del planeta.

Aunque las selvas y los bosques compartan ciertas lógicas ecológicas generales (como la fotosíntesis, la descomposición o los flujos de nutrientes), sus dinámicas no son homogéneas. Cada ecosistema requiere formas de cuidado diferenciadas, ajustadas a sus características propias y a las necesidades de la sociedad que interactúa con él.


La presión social: alimentos, expansión agrícola y la paradoja del despilfarro


Las sociedades actuales demandan cantidades crecientes de alimentos, lo cual ejerce una fuerte presión sobre los bosques y las selvas. La expansión de la frontera agrícola —ya sea para soja, ganadería o cultivos industriales— desplaza ecosistemas completos y reduce la biodiversidad.


Sin embargo, esto convive con una paradoja conocida: el mundo produce más alimentos de los que consume, y una parte significativa se termina desperdiciando. Esto demuestra que la deforestación no responde solo a necesidades reales, sino también a modelos económicos ineficientes y a sistemas de distribución desigual, que generan una crisis ambiental global sin precedentes. 

“La crisis ambiental es producto de una racionalidad económica que desconoce los procesos ecológicos que sostienen la vida.” (Leff, 2004)



Un ejemplo de esta falta de racionalidad es el uso y administración de los bosques nativos en Argentina. 

Pensar los bosques como bienes de la humanidad

Considerar los bosques y las selvas como bienes de la humanidad nos obliga a incorporar una mirada económica distinta:

Administrar de forma eficiente el territorio, evitando la expansión innecesaria de la frontera agrícola.

Conservar los servicios ecosistémicos (regulación climática, captura de carbono, fertilidad del suelo, biodiversidad).

Garantizar que los ciclos naturales continúen sin ser degradados hasta el punto de colapsar.

Desde este enfoque, los bosques no son simplemente “recursos forestales”; son condiciones de existencia humana, y deben ser gestionados colectivamente y con perspectiva de largo plazo.

En el siguiente cuadro nos muestra como la falta de gestión afecta a la pérdida de la biosfera de bosques en la Argentina. Este resumen cuantifica el impacto de la expansión agrícola y urbana sobre los ecosistemas argentinos, un ejemplo de la explotación bajo la lógica de "Recurso Natural".





Fuente de la Información: Relevamiento de MapBiomas Argentina (Colección 2), publicado y divulgado por organizaciones como Fundación Vida Silvestre Argentina y Greenpeace.

Así como sucede con el agua, también los bosques muestran cómo la lógica del recurso natural genera tensiones ecológicas profundas ante el avance de la urbanización y las actividades agrícolas. Es ahí dónde se observa la falacia técnica mencionada porque la demanda social (lógica económica) rompe el ritmo de renovación (lógica natural) y es ahí que el concepto de recurso natural y su clasificación no poseen funcionalidad, ni pueden ser sostenibles a largo plazo.


Hacia una gestión colectiva de los bienes de la humanidad: experiencias y propuestas

Si aceptamos que ciertos elementos como el agua, el suelo o los bosques deben ser tratados como bienes de la humanidad, es necesario repensar también sus formas de gestión. A nivel internacional existen experiencias que muestran que la administración colectiva no solo es posible, sino eficaz para garantizar la preservación y el uso sostenible.

1. Bosques comunitarios (México)

México cuenta con más de 9 millones de hectáreas manejadas por comunidades locales bajo esquemas de propiedad colectiva. Estos sistemas han demostrado:

● Menores tasas de deforestación,

● Mayor control sobre incendios,

● Reinversión local del valor generado,

● Fortalecimiento de la biodiversidad.

Son un ejemplo concreto de cómo la gestión comunitaria puede superar en eficiencia al manejo privado y estatal fragmentado.

2. Manejo social del agua (Bolivia y España)

En Bolivia, tras la conocida “Guerra del Agua” (Cochabamba, 2000), la administración del recurso pasó a modelos mixtos y comunitarios donde vecinos, cooperativas y municipios participan en:

● Decisiones de distribución,

● Tarifas,

● Protección de fuentes,

● Mantenimiento de infraestructura.

En España, varias cuencas hidrográficas operan bajo Juntas de Usuarios, donde agricultores, municipios y organizaciones civiles planifican conjuntamente el uso del agua, con resultados probados en eficiencia y reducción de conflictos.

3. Gestión participativa de cuencas en Argentina

En Argentina existen experiencias que, aunque limitadas, avanzan hacia la administración colectiva:

Comité de Cuenca Matanza–Riachuelo (ACUMAR), donde el Estado, municipios y organizaciones sociales participan en la gobernanza ambiental.

Comité de Cuenca del Río Dulce y Salí, con participación de provincias y usuarios para el control de contaminación.

Estas experiencias muestran que la gestión colectiva es viable cuando existen marcos institucionales claros.

4. Propuestas para una política nacional de bienes comunes

A partir de estas experiencias, se pueden delinear líneas de acción posibles para Argentina:

● Establecer comités de gestión participativa para agua, bosques y suelos en cada provincia.

● Crear fondos públicos específicos para la preservación de bienes comunes, con criterios de transparencia y participación ciudadana.

● Reconocer la categoría de patrimonio natural estratégico para elementos críticos como el agua dulce y los bosques nativos.

● Fortalecer los sistemas de monitoreo (como MapBiomas) integrando a universidades, municipios y organizaciones civiles.

● Promover políticas de ordenamiento territorial que limiten la expansión agrícola en zonas de alta biodiversidad.

● Mejorar el acceso y distribución de los alimentos, para evitar avances sobre las reservas de biosfera.

Estas propuestas no buscan reemplazar al Estado ni al mercado, sino construir formas de gobernanza que articulen a todos los actores sociales con una prioridad clara: la preservación de las condiciones de vida.

El desafío de la sustentabilidad


Pensar la sustentabilidad exige superar la noción restringida de “uso racional de recursos”. Se trata de un enfoque más amplio, que reconozca simultáneamente:


1-Las necesidades materiales de las sociedades,

2-Los límites ecológicos de los ecosistemas,

 3-La urgencia de reconfigurar nuestro sistema económico.

Este es el desafío contemporáneo: transformar un capitalismo depredador en un sistema que, si fuera posible, adopte principios realmente sustentables. Si no puede hacerlo, la alternativa es pensar en otro paradigma económico, una transición que nos aleje de la lógica extractiva permanente y del riesgo de dirigirnos hacia la extinción.

La sostenibilidad requiere armonizar los tiempos ecológicos con los tiempos económicos, respetando los límites biofísicos del planeta.” (Sachs, 1993)

Subida en curso: 23243 de 23243 bytes subidos.


Repensar nuestra relación con la naturaleza no es una opción académica, es una necesidad civilizatoria, como se mencionó antes para evitar la extinción. Si no transformamos nuestras lógicas de producción y consumo, la noción de recurso natural se volverá insostenible incluso para el capitalismo que la generó. Reconocer los bienes de la humanidad como condiciones de la vida y avanzar en modelos democraticos de gestión sustentable es el primer paso para imaginar un futuro posible.


Bibliografía 

Harvey, D. (2004). El nuevo imperialismo. Akal.

Martínez-Alier, J. (2002). El ecologismo de los pobres: Conflictos ecológicos y valoración. 

Ostrom, E. (1990). Gobernar los bienes comunes: La evolución de las instituciones de acción colectiva. Cambridge University Press.

Gudynas, E. (2011). Buen Vivir: El mañana de hoy. Development, 54(4), 441–447.

Sachs, I. (1993). Estrategias para el desarrollo sostenible. UNESCO.

Leff, E. (2004). Racionalidad ambiental: La reapropiación social de la naturaleza. Siglo XXI Editores.

Naciones Unidas. (2015). Transformar nuestro mundo: La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. ONU.

MapBiomas Argentina. (n.d.). Colección 2 (1985–2021) de MapBiomas Argentina: Evolución de cobertura y uso del suelo. MapBiomas Argentina. Recuperado de https://argentina.mapbiomas.org/

Fundación Aquae. (n.d.). ¿Cuánta agua dulce hay en el planeta? Fundación Aquae. Recuperado de https://www.fundacionaquae.org/wiki/agua-dulce-salada/

FAO (2015). Experiencias de manejo forestal comunitario en México. Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura.

Perreault, T. (2006). “From the Guerra del Agua to the Guerra del Gas: Resource governance, neoliberalism and popular protest in Bolivia.” Antipode, 38(1), 150–172.

Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE). (2018). Plan Hidrológico de Cuenca. Ministerio para la Transición Ecológica.

Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable (2015). Gestión integrada de cuencas hidrográficas en Argentina.














Comentarios

Entradas populares