La pedagogía de la confesión y el arrepentimiento
Escrito por Rubén Felix Galvano
En el sistema sacrificial del antiguo testamento no había una lógica económica, sino una lógica pedagógica y espiritual. La Torá contempla explícitamente la situación del pobre: si no podía ofrecer un animal mayor, dos tórtolas o dos palomas; si tampoco podía eso, harina.( Levítico 5.7 y 11)
Eso ya nos dice algo muy importante. Dios no estaba “cobrando” nada. El sacrificio no compraba el perdón. El perdón no tenía precio. Lo que se exigía era un gesto concreto que encarnara el arrepentimiento. De esta manera el centro no es la ofrenda, sino el quiebre del orgullo.
“Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.” (Salmo 51:17)
El rito funcionaba como mediación, no como garantía. Levítico presupone algo que los profetas después van a denunciar con dureza:
“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Is 29,13).
Sin corazón contrito, el rito queda vacío. Por eso ni el rito sirve para llegar a pedir perdón, ni tampoco sirve la confesión, si no hay arrepentimiento real.
Como explica el teólogo Dietrich Bonhoeffer
"La gracia barata es la predicación del perdón sin requerir arrepentimiento... es la gracia sin discipulado".
El sacrificio —animal o harina— obligaba a la persona a detenerse, reconocer la falta, exponerse públicamente, perder estatus, aceptar que algo debía morir o entregarse. Ahí se rompe el orgullo. Eso es lo que muchas veces Israel no comprendía: no era cumplir una forma, sino dejarse purificar.
Si extendemos una continuidad con hoy; existe menos rito, pero el mismo problema. En la confesión actual no hay que comprar nada, no hay que llevar una ofrenda material, el acceso es inmediato. Y sin embargo, el problema sigue siendo el mismo: no se rompe el orgullo.
Confesarse “por las dudas”, o pedir perdón “si te ofendí”, es exactamente lo que denunciaban los profetas: una reconciliación sin conversión. No hay metanoia, no hay cambio de mente, no hay verdad interior.
“ Desgárrense el corazón, no los vestidos, y vuélvanse al Señor su Dios, porque él es misericordioso y clemente, lento para la ira y grande en misericordia, y le pesa castigar.”Joel 2:13 (RVC)
Teológicamente, el hilo es claro:
En Levítico: la purificación apunta al corazón, no al objeto ofrecido. El ritual da un marco pedagógico donde al ejercer un ritual se toma conciencia de la transgresión y se sana el alma.
En los profetas: Dios rechaza sacrificios sin justicia y sin arrepentimiento. Porque el ritual es sólo eso un legalismo que si lo desvestimos de sentido no sana, no trae purificación.
En Jesús: el sacrificio definitivo elimina la necesidad del rito, pero no elimina la necesidad del arrepentimiento. Al contrario, lo radicaliza. Porque estoy tomando en vano la sangre del Kyrios.
Dios siempre buscó el mismo acto, desde Levítico hasta hoy: un acto de reconciliación que quiebre el orgullo y restaure la relación.
La confesión no es anestesia de la culpa, tal como lo plantea la Biblia la confesión no existe para “sentirse mejor”, ni para limpiar la conciencia como quien borra un archivo incómodo. No es un acto moralista. Eso sería usarla como tranquilizante espiritual. La confesión apunta al entendimiento: aprender qué hiere la relación con Dios y decidir no hacerlo por amor, no por miedo.
Ahí está el giro decisivo, no es un castigo a la relación, es un refuerzo a la comunión.
“Y es que la vida de todo ser está en la sangre. Yo les he dado a ustedes la sangre para que sobre el altar se haga expiación por ustedes. Por medio de la sangre misma se hace expiación por ustedes.”Levítico 17:11 (RVC)
El rito como pedagogía, no como fin
Los rituales en la crianza con los hijos no son mágicos, no funcionan solos, no es simple repetición, pero a medida que el niño crece forman la conciencia.
Dejar el pañal, aprender a escribir, aprender a pedir perdón: son actos repetidos que educan el cuerpo y la mente hasta que ya no hacen falta. Exactamente eso era el sistema sacrificial. Una pedagogía encarnada para un pueblo concreto, en un momento concreto.
Dios enunció “La paga del pecado es muerte” (Ezequiel 18.4, Romanos 6.23) no es una amenaza, sino una verdad existencial que nos incómoda, pero con ésta verdad, el mismo Padre amoroso nos da la salida, el ejemplo reparador que nos permite sanar la relación. La confesión y la redención por medio de un Dios que al ver arrepentimiento y cambió de actitud está dispuesto a perdonar todo, pero no a librarnos de las consecuencias.
C.S. Lewis nos enuncia sobre esto lo siguiente: El arrepentimiento no es algo que Dios te pide antes de aceptarte de vuelta; es simplemente la descripción de lo que es volver a Él. Por lo tanto el marco ritualista y la confesión nos dan elementos para volver y permanecer en comunión.
El sacrificio ritual enseñaba que la paga del pecado es la muerte, pero no en clave de terror, sino de realidad ontológica: el pecado rompe la comunión, y la ruptura lleva a la muerte, no porque Dios sea vengativo, sino porque fuera de la fuente no hay vida.
El sacrificio mostraba eso de manera visible. Algo muere porque el pecado mata. Y al mismo tiempo enseñaba algo más profundo: yo debería haber sido ese sacrificio.
Eso no genera una culpa neurótica, sino responsabilidad amorosa, trae libertad, no esclavitud, al ver que el Dios todopoderoso, busca redimir la relación. Porque siempre el objetivo era poder relacionarme con Dios con mayor libertad.
La purificación no era para humillar, sino para restaurar la posibilidad del encuentro. El rito no encerraba sino habilitaba una mayor comunión. Pero cuando el rito se absolutiza y se vuelve una repetición sin pedagogía, se vuelve opresión; y es ahí cuando el pueblo como un niño que no entiende habla y aparecen los planteos ¿Por qué debo hacerlo ?
Esto cambia cuando hay entendimiento y madurez. Se entiende su sentido, se vuelve camino hacia una mayor comunión al entender quién soy y quien es mi interlocutor
La confesión no elimina la culpa sino que busca formar el entendimiento y arrepentimiento, pero no remordimiento( El último es centrado en uno mismo, el orgullo herido porque fallamos; primero es centrado en el otro la tristeza de haber herido la relación) El rito no perdona por sí mismo: educa el corazón. El sacrificio no compra el perdón me enseña qué es la vida y qué es la muerte. El fin no es obedecer por miedo, sino aprender a vivir por amor y en libertad.
Amén 🙏🏻.
ResponderEliminarQue bueno es poder aprender más de las cosas cotidianas y de lo verdadero, puro y perfecto.