LOS MIGRANTES Y LA CIUDAD: UNA RELACIÓN BILATERAL

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  Escrito por Rubén Félix Galvano Desde que existen las ciudades, podemos afirmar que las personas migran desde las zonas más despobladas o rurales hacia ellas. Las causas de este fenómeno son variadas: exceptuando las peregrinaciones religiosas, la migración responde principalmente a causas económicas y, en la era del cambio climático, también ambientales. El nivel de vida esperado en las ciudades responde a la mayor cantidad de posibilidades. Por ejemplo, en una zona rural se cuenta con un médico cada tantos kilómetros, mientras que en una ciudad la cantidad y disponibilidad se vuelve exponencial. También podemos observar la disponibilidad de agua de red, gas natural y luz eléctrica. Recuerdo la anécdota de unos haitianos que me contaron que lloraron al abrir la canilla en Buenos Aires y ver que el agua se podía consumir. El bienestar de la ciudad, aunque no llega a todos de manera uniforme, se ve favorecido por una estructura de servicios que permite mayor accesibilidad. Las mig...

Yo soy

 


Yo no soy lo que me pasó,

aunque sé que fue mucho el dolor que me cruzó.

La vida me ha cortado, como un lienzo pintado con un cuchillo. 

No soy la suma de ninguna de mis tristezas.

Aunque soportar tantos dolores debería ser premiado como proeza,

una medalla olímpica al sufrimiento me la he ganado… pero no la quiero.


No soy las palabras soltadas,

ni las veces que el mundo me encasilló.

No soy el desprecio que he recibido,

ni la multitud de miradas que me han lastimado.

No soy ninguna de las burlas ni mentiras.

Y aunque algunas fueron bien dichas,

no soy la suma de mis desdichas.


Soy lo que Dios dice que soy:

su hijo, adoptado por la sangre de Cristo (Juan 1:12; Efesios 1:5).

Soy como Él me mira, como Él me llama:

nación santa, real sacerdocio, pueblo adquirido por Dios (1 Pedro 2:9).

No estoy solo ni estaré vencido,

pues Aquel que puso límites al mar está conmigo (Job 38:10-11; Isaías 43:2).


No soy ninguno de mis logros.

Si los tengo, los agradezco,

pues no los merezco: son por su gracia,

y si Él me los pide, los dono (1 Corintios 4:7).


No soy ninguna de mis palabras.

Aunque suenen brillantes, son plomo.

Nadie se salva por obras,

menos por palabras bonitas.

Ser íntegro es todo (Efesios 2:8-9; Proverbios 10:9).


No soy ninguno de mis talentos.

Aunque parezcan ciertos, no son míos:

son un préstamo (Mateo 25:14-30).

Soy lo que Dios dice que soy: su mayordomo,

un vaso de barro con un tesoro que no me pertenece (2 Corintios 4:7).


Soy una casa de barro que, por su gracia, es un palacio (2 Timoteo 2:20-21).

Soy un proyecto de Dios, una promesa en cumplimiento.

El que comenzó la buena obra en mí la perfeccionará con el tiempo(Filipenses 1:6).

Nada se le escapa. Él lo logrará (Romanos 8:28).


No soy lo que me cuesta, ni lo que me limita.

Abro mis palabras, oro en silencio,

clamo al cielo,

y mi Padre me hace upa,

me reconcilia con el cielo (Romanos 8:15-16; Lucas 15:20).


Soy lo que Dios dice que soy,

aun cuando su Palabra corta…

porque después, con su otra mano, me venda (Hebreos 4:12; Oseas 6:1).


Soy su hijo. Y eso es definitivo. (Gálatas 4:6-7)

Ruben felix Galvano 

Comentarios

  1. Muy bueno profe siga x ese sendero que aunque largo y estecho es el correcto y verdadero
    La verdad que perdura y traspasa aunque la vida se pasa, cortante como estaca dicha con firmeza se destaca

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