PUTIN Y EL ZORRO EN EL TABLERO ROTO

 


¿Por qué la guerra de Ucrania no ha concluido? causas, derrotas y el mundo que vendrá


Escrito por Ruben Felix Galvano 



Introducción


En las redes sociales, Putin es presentado como un hombre completo: artista marcial, militar, espía, un James Bond de la KGB. El 24 de febrero de 2022, Vladímir Putin ordenó la mayor invasión terrestre en Europa desde 1945. Esperaba una operación de días: decapitar Kyiv, instalar un gobierno dócil y restaurar la influencia rusa sobre lo que considera su patio trasero histórico. Casi cinco años después, el resultado es otro: una guerra de desgaste que ha reconfigurado la seguridad europea, reactivado la OTAN, rearmado a Alemania y empujado a Rusia hacia los brazos de China. Este ensayo examina las causas del conflicto, la figura de Putin leída a través de Maquiavelo y Sun Tzu, las razones del fracaso ruso, el impacto de las sanciones, el papel de Estados Unidos y la OTAN, y los escenarios que definirán el orden posterior.

1. Las causas: un conflicto de capas superpuestas

Toda guerra tiene causas profundas, causas medias y un detonante. Aquí las tres existen y se refuerzan.

Causas estructurales. Tras la Guerra Fría, la OTAN se expandió hacia el este en tres oleadas (1999, 2004, 2009-2020), incorporando a Polonia, el Báltico y Europa del Este. La escuela realista, con John Mearsheimer a la cabeza politólogo norteamericano muy influyente, sostiene que esta expansión, sumada a la promesa de 2008 en Bucarest de que Ucrania y Georgia «llegarían a ser miembros», creó un dilema de seguridad insalvable: Rusia vio cercada su profundidad estratégica.

Causas intermedias. El Euromaidán de 2014 causó protestas por rechazar lazos con la Unión Europea y la posterior caída de Yanukóvich. Luego vino la anexión de Crimea, la guerra del Donbás y el fracaso de los acuerdos de Minsk I y II, que no pudieron negociar la paz entre los separatistas pro rusos construyeron una década de hostilidad congelada que nunca se resolvió.

El detonante. En julio de 2021 Putin publicó su ensayo «Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos», negando la existencia de una nación ucraniana separada. En diciembre de 2021 presentó ultimátums (borradores de tratados) exigiendo garantías de que la OTAN no se expandiría más. La respuesta occidental fue tibia. El 24 de febrero llegó la invasión, justificada como «desnazificación» y «desmilitarización».

Hay dos lecturas que compiten: la realista nos enseña que fue la OTAN quien presionó a Rusia a actuar; la liberal en cambio dice que fue el imperialismo de Putin el que impulsó el conflicto. La verdad, como casi siempre, es que ambas describen capas distintas del mismo juego de ajedrez de la geopolítica europea, que parecía estar siempre en tablas, hasta que alguien pateara el tablero .

2. Putin entre Maquiavelo y Sun Tzu

Putin es, en el lenguaje de Maquiavelo, un profeta armado: alguien que no confía en la palabra sino en la fuerza para refundar un orden. Maquiavelo escribió que un príncipe «no debe tener otro objeto ni pensamiento que la guerra», y Putin lo tomó literal. Pero también escribió que el gobernante debe ser a la vez zorro y león: zorro para reconocer las trampas, león para aterrar a los lobos. Putin construyó durante veinte años la reputación del león —Chechenia, Georgia, Crimea, Siria— y creyó que bastaría con rugir.

De Sun Tzu tomó el vocabulario, no siempre la sustancia. El arte de la guerra enseña que «la suprema excelencia es someter al enemigo sin combatir» y que «toda guerra se basa en el engaño». La operación de Kyiv fue exactamente eso en el papel: un golpe rápido, una maskirovka ( un engaño rápido) para confundir, la esperanza de un gobierno títere en tres días. Sun Tzu también advirtió: «conoce al enemigo y conócete a ti mismo, y en cien batallas no correrás peligro». Putin falló en ambos términos: no conoció al enemigo (la identidad ucraniana y el apoyo de la OTAN) ni a sí mismo (el estado real de su ejército).

Frente a otros líderes, el contraste es nítido. Zelensky es el comunicador que convirtió la debilidad en fuerza —«no necesito un aventón, necesito municiones»—, el león que se niega a huir. Xi Jinping es el estratega paciente que observa y espera ganar poder a costa del boicot a Rusia. Erdogan desde Turquía es el zorro puro, que juega a ambos lados garantizando la navegabilidad del mar Negro. Lukashenko es el cliente dependiente que observa desde Bielorrusia con un pragmatismo gélido. Biden fue el institucionalista que reconstruyó la alianza; Trump, el disruptor que la cuestiona desde dentro. Macron quiso ser el nuevo Metternich, restaurando el orden europeo frente al nuevo Napoleón de la KGB y terminó siendo el árbitro sin tribunal; Scholz encarnó la hesitación alemana hasta que la realidad lo desbordó por la dependencia energética hacia Rusia y su miedo a una guerra nuclear.

Putin quiso ser Maquiavelo y Sun Tzu a la vez. Terminó siendo el aprendiz que confundió la astucia con la superioridad, se anotó en un torneo de maestros y no cálculo el nivel del torneo.

3. ¿Por qué no se pudo ganar?

La pregunta tiene varias respuestas, y todas apuntan a un mismo diagnóstico: Rusia libró una guerra del siglo XX, con una invasión territorial clásica en un campo de batalla del siglo XXI con su tecnología, información e integración política.

Sobrestimación propia. El ejército ruso era una fuerza de desfile, inflada por corrupción y contratos amañados. La logística colapsó: la famosa caravana de 40 kilómetros al norte de Kyiv quedó detenida semanas.

Subestimación del adversario. Moscú asumió que Ucrania se rendiría. Se topó con una nación movilizada, con identidad propia y con voluntad de pelear.

Fuerza insuficiente. Unos 190.000 hombres para invadir un país del tamaño de Ucrania fue una apuesta a la decapitación que, al fallar, no tenía plan B.

Ausencia de superioridad aérea. Rusia no logró dominar el cielo ni suprimir la defensa antiaérea ucraniana.

Caos de mando. Retiradas de Kyiv, Járkov y Jersón; movilización parcial tardía (septiembre de 2022); rotación constante de generales; y en junio de 2023 el motín de Wagner y Prigozhin, la mayor fisura interna del régimen.

Asistencia occidental. HIMARS, ATACMS, Patriots, F-16, inteligencia en tiempo real, entrenamiento y drones transformaron a Ucrania en un ejército mucho más letal que su tamaño.

Cuello de botella tecnológico. Las sanciones limitaron los componentes de precisión, forzando a Rusia a depender de drones iraníes Shahed y de proyectiles y tropas norcoreanas.

La trampa de la guerra de desgaste. Rusia no puede perder —la guerra es existencial para el régimen— pero tampoco puede ganar rápido. Quedó atrapada en una picadora de carne tipo Primera Guerra Mundial.


4. La fortaleza asediada: sanciones y autonomía rusa

Occidente desplegó el mayor arsenal de sanciones de la historia: exclusión del sistema SWIFT, congelamiento de unos 300.000 millones de dólares en reservas, controles de exportación tecnológica y un tope al precio del petróleo.

Rusia resistió mejor de lo esperado. Activó controles de capital, reorientó sus exportaciones energéticas hacia China, India y Turquía, montó una «flota fantasma» de petroleros y usó a los países de Asia Central, el Cáucaso y los Emiratos como puentes de reexportación. La economía se militarizó: el gasto en defensa trepó a niveles de economía de guerra, y la industria de drones y municiones se expandió.

Pero el precio se acumula. Inflación persistente, tasas de interés altísimas, escasez de mano de obra, fuga de cerebros, crisis demográfica y una dependencia creciente de China en chips y máquinas-herramienta. La «autonomía» rusa es en realidad una soberanía a medias: Moscú se liberó de Occidente para depender de Pekín, con el riesgo de convertirse en socio junior, como decía el refrán te faltan plumas para ser cacique.

El debate académico es claro: economistas como Sergei Guriev sostienen que las sanciones funcionan, pero lentamente, y que su efecto se verá en el largo plazo. El error occidental fue esperar un colapso inmediato; el error ruso, creer que la guerra económica no dejaría cicatriz. La economía de guerra enmascara una lenta decadencia de fondo.

5. La sombra de Estados Unidos y la OTAN

Detrás de Ucrania hay una coalición occidental que sostiene la guerra sin librarla. EE.UU. aportó la mayor parte de la ayuda militar y financiera; la OTAN coordinó inteligencia, entrenamiento y logística. El resultado estratégico fue paradójico: la agresión rusa fortaleció a la alianza que Putin quería debilitar, con la adhesión de Finlandia (2023) y Suecia (2024).

El gran debate es si se trata de una «guerra por poder» (proxy war). Mearsheimer sostiene que sí: Occidente convirtió a Ucrania en su escudo sin comprometerse directamente( la política de Trump en el año 2026 le dio la razón) . Otros replican que Ucrania tiene agencia propia y pelea por su supervivencia.

La gestión occidental fue de escalada incremental: cada tipo de arma se entregó tarde y tras un debate, por miedo a las líneas rojas rusas y a la disuasión nuclear. En paralelo, la guerra energética —sabotaje del Nord Stream, desconexión del gas ruso— reordenó el mapa económico europeo. Y en el plano interno, la política estadounidense osciló entre el compromiso institucional de Biden y el escepticismo «America First» de Trump, mostrando que el apoyo a Ucrania depende del humor electoral de Washington más que de la unidad europea.

6. Voces, escenarios y el antes y después

Los analistas coinciden en que la resolución de esta guerra será una bisagra histórica. Algunas voces representativas:

John Mearsheimer (realista): culpó a la expansión de la OTAN y advirtió que una Rusia acorralada es peligrosa.

Henry Kissinger: primero propuso la neutralidad ucraniana; en 2023 dio vuelta y dijo que «el futuro de Ucrania está en la OTAN».

Anne Applebaum y Timothy Snyder (liberales): leen la guerra como choque entre autocracia y democracia, con Putin como agresor revisionista.

Michael Kofman (analista militar): subraya que ambos bandos enfrentan problemas estructurales y que la guerra será larga.

Iván Krastev y Emmanuel Todd (europeos): advierten sobre la fragmentación del orden liberal y el ascenso de un mundo multipolar desordenado.

Sergei Karaganov (línea dura rusa): plantea el uso de la disuasión nuclear para forzar una rendición occidental.


Escenarios posibles

Según el análisis podemos hipotetizar solo cinco resoluciones posibles:

 

Conflicto congelado tipo Corea: alto el fuego, línea de contacto congelada, sin tratado de paz.

Acuerdo negociado con congelamiento territorial, garantías de seguridad y una Ucrania anclada en la UE/OTAN.

Colapso ruso y cambio de régimen en el escenario de una guerra que mine la economía rusa.

Escalada hasta el umbral nuclear, el peor final para todos.

Guerra larga de desgaste hasta el agotamiento mutuo y firma de paz.


El antes y después

Cualquiera sea el desenlace, marcará una frontera. Ya lo hizo: terminó con la paz post-Guerra Fría, reactivó el rearme europeo (el Zeitenwende alemán), empujó a Rusia hacia Asia, fortaleció a la OTAN pero distrajo a EE.UU., y dejó al Sur Global en una ambigüedad incómoda. La relación Rusia-Europa-Estados Unidos quedó rota para una generación. Y el mensaje a las potencias revisionistas —China, sobre todo— es inequívoco: en el siglo XXI, la fuerza vuelve a definir las fronteras.

Conclusión

Putin quiso ser Maquiavelo y Sun Tzu y terminó demostrando la advertencia de Clausewitz: la guerra es la continuación de la política por otros medios, y fracasa cuando la política está mal calculada. Rusia no perdió la guerra en el campo de batalla tanto como en el diagnóstico: sobrestimó su fuerza, subestimó a su enemigo y despertó a una alianza que creía dormida. No se analizó correctamente la transformación de la guerra por los drones, la inteligencia satelital, la guerra electrónica y la capacidad de atacar la logística enemiga. La resolución del conflicto —frontera congelada, acuerdo frágil o escalada— definirá las reglas del poder global por décadas. Y cualquiera que sea, dejará un mundo más armado, más fracturado y más multipolar que el que existía antes del 24 de febrero de 2022.

Bibliografía

Kotkin, S. (2014). Stalin: Vol. 1. Paradoxes of power, 1878–1928. Penguin Press.

Kotkin, S. (2017). Stalin: Vol. 2. Waiting for Hitler, 1929–1941. Penguin Press.

Krastev, I. (año). ¿Ya viene la era postoccidental? [Medio o editorial].

Maquiavelo, N. (año de la edición). El príncipe. [Editorial]. (Obra original publicada en 1532).

Mearsheimer, J. J. (2014). The tragedy of great power politics (ed. actualizada). W. W. Norton & Company. (Obra original publicada en 2001).

Mearsheimer, J. J. (2014). Why the Ukraine crisis is the West's fault: The liberal delusions that provoked Putin. Foreign Affairs, 93(5), 77-89.

Mearsheimer, J. J. (2022). Playing with fire in Ukraine: The underappreciated risks of catastrophic escalation. Foreign Affairs.

Snyder, T. (2018). The road to unfreedom: Russia, Europe, America. Tim Duggan Books.

Sun Tzu. (año de la edición). El arte de la guerra. (Obra original ca. siglo V a. C.).


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