Cinco piedritas: La historia del ministerio D.A.S.

 


Escrito por Rubén Félix Galvano

Las piedras de David

David, antes de enfrentarse a Goliat, ya había confiado en Dios muchas veces, como escribió en el Salmo:

«Jehová es mi pastor; nada me faltará.»

Salmos 23:1 (RVR1960)

Por eso, antes de enfrentarse a Goliat, buscó cinco piedritas. En esa intención, Dios lo guió a encontrar la piedra adecuada que vencería a Goliat.

Dios podría usar cualquier piedra para vencer a Goliat, pero David, que sabía usar la honda, sabía que tenía que elegir las piedras adecuadas. Para vencer al gigante, él sabía que la honda la dirigía Dios y le iba a dar la victoria.

La Biblia dice:

«Y tomó su cayado en su mano, y escogió cinco piedras lisas del arroyo, y las puso en el saco pastoril, en el zurrón que traía, y tomó su honda en su mano, y se fue hacia el filisteo.»

1 Samuel 17:40 (RVR1960)

Si bien él sintió un llamado, pero eso no le quitó la responsabilidad de elegir las piedras, de ser ordenado, de apuntar, de preparar la honda, de pararse frente al gigante, de no tener miedo y, lo más importante, de confiar.

Este texto habla de un ministerio DAS, pero también, en sí, es sobre todos los ministerios.

Cómo empezó el ministerio

¿Cómo empezó el ministerio? Bueno, según lo que contó Fernando, que es quien sintió el llamado del Señor, Dios había puesto en el corazón de sus hijos algo especial. Al pasar por San Martín, había una persona pidiendo comida, y los hijos de él le preguntaron: «Papá, ¿cuándo le vamos a empezar a dar de comer a la gente pobre?».

Él entendió que el Señor le estaba hablando. De ahí en más, lo habló con las personas del grupo casero (el grupo pequeño, la célula donde él estaba) y un día salieron con dos termos de café y dos budines.

De ahí en más, esto terminó, después de tres años, en un ministerio que reparte 100, 150 y 200 viandas por semana en el centro de San Martín. Se les da una palabra, se ministra por las personas, se les da de comer y se ora.

Este texto habla precisamente sobre este ministerio, DAS (Dar, Amar, Salir). Pero también, en cierta forma, es un vehículo para poder hablar de todos los ministerios.

Todos los ministerios nacen, como el relato de David, en la voluntad de Dios, en el corazón de Dios. Pero eso no nos quita movernos en su voluntad, ni tampoco nos quita la responsabilidad de ser ordenados para llevarlos a cabo.

Lo que aprendí en el camino

Como este texto lo escribo yo, también tiene mis vivencias y lo aprendido en el recorrido.

Me integré al ministerio DAS en diciembre. Justamente, no pude hacerlo antes. Fernando siempre me pedía: «¿Cuándo vas a venir a DAS? ¿Cuándo vas a venir los jueves?». Y en ese momento mi hija cursaba, los jueves, el último año de inglés antes de hacer el First, y yo la tenía que llevar y tenía que ir a buscarla porque salía muy tarde.

Cuando empecé en diciembre, mi primera carga, mi primera oración, fue decir: «¿Qué es lo que necesita Dios que yo haga aquí?». Y creo que esa es la oración esencial que cada persona debe hacer frente al llamado del Señor: «¿Qué es lo que Dios quiere que yo haga?». Esto no es un acto de revelación autodidacta; es lo aprendido de una vida en comunidad: movernos en la dirección del corazón de Dios implica no solo sujetarnos a su palabra, sino también prestar atención hasta dónde nos quiere llevar el Señor.

Es por esto que en DAS, a lo largo de estos tres años, han cambiado mucho las cosas. Al principio eran solo dos budines y un café. Luego fueron viandas que se repartían en la avenida y se oraba por las personas que estaban en la calle. Después nos ubicamos en un lugar fijo, les dábamos una palabra y les dábamos las viandas después.

Luego empezó a haber más personas, y tuvimos que traer mesas. Luego dimos ropa. Después dejamos de dar ropa. En un momento tuvimos que empezar a discipular a las personas que venían.

Muchos hermanos en este ministerio, al principio, armábamos las viandas, la comida, salíamos a repartirla, lavábamos ollas, cortábamos las verduras, cocinábamos, lavábamos, compartíamos.

Después, con el tiempo, se armaron diferentes grupos y diferentes formas. Algunas mujeres se juntaron a tejer, para hacer frazadas, para armar guantes, después bufandas.

A lo largo de estos tres años, la estructura fue cambiando, pero no el llamado, porque el mismo —darle de comer a la gente que necesitaba, para usar la comida como una excusa para predicar el Evangelio— era una manera de responder al llamado de la Gran Comisión:

«Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.»

Mateo 28:19-20 (RVR1960)

Pero también es hacer lo que pidió el Señor:

«Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.»

Mateo 25:35-36 (RVR1960)

Responder a ese llamado.

Tres anécdotas

Tengo muchas anécdotas, tanto grupales como personales. De este grupo de anécdotas que tengo, me gustaría centrarme en tres.

El anciano de la calle

Yo, en ese momento, estaba juntándome a hablar con un hombre —que ya no se reúne con nosotros— que tenía mucha carga por un conocido, y me dijo: «Te quiero presentar a alguien».

Era un hombre muy mayor, al que había abandonado la familia, y él me decía: «Yo todos los días camino y le pido a Dios que me ayude». Me acuerdo de decirle: «Hoy Dios responde tu oración». Aun así, tardó un año en bautizarse, y Dios cambió toda su vida.

«Hoy mirá que salís del banco»

También tengo la anécdota de un día, el año pasado, 2025. Yo generalmente iba temprano a lavar las ollas y a ayudar en la cocina, porque tenía un solo colegio para trabajar, ya que soy docente. Y, obviamente, cuando estaba volviendo en el auto, estaba cantando una canción de Santiago Benavides: «Alguien les hablará de Cristo y todo cambiará». Y el Señor me dijo: «Hoy, mirá que salís del banco».

No sé qué tuvo de diferente ese día; ya había orado por personas. Aun así, no pude hacer ninguna de las cosas que generalmente hago. Me tuve que ocupar de hablar y orar solo con una persona, que nunca volví a ver. No sé qué pasó con la vida de esa persona, pero yo entendí que Dios ese día me quiso ahí.

Y acá viene una reflexión muy importante, la que retoma el principio de este texto: así como David eligió las cinco piedritas y luego se enfrentó a Goliat, la estructura nunca puede reemplazar el llamado, y el llamado nunca puede hacerse sin orden.

Nunca la estructura puede superar lo que Dios quiera hacer con cada uno de nosotros. Y nunca el llamado se puede hacer sin orden, sin planificación.

«Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire.»

1 Corintios 9:26 (RVR1960)

En este sentido, algo que aprendí de DAS es que la estructura tiene que ser tan flexible como para que Dios pueda hablar a través de su cuerpo y para que el Espíritu Santo tenga la libertad de obrar cada día. Porque si la organización impide que Dios obre, termina siendo un esfuerzo humano.

Un buen ejemplo es el de Pedro cuando se encontró con el paralítico en el templo y dijo: «De lo que tengo te doy». ¿Qué tenía Pedro? No tenía budín, ni mate cocido, no tenía dinero, no tenía comida, no tenía ninguna de las cosas que podía necesitar esa persona para satisfacer lo inmediato, no tenía un folletito de la reunión, no tenía nada. Pero aun así, Dios se pudo manifestar.

«Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.»

Hechos 3:6 (RVR1960)

Otro ejemplo es cuando los cuatro amigos bajan delante de Jesús la camilla desde el techo. Imagina si Jesús hubiera sido tan rígido como nosotros.

«Entonces vinieron a él unos trayendo un paralítico, que era cargado por cuatro. Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico.»

Marcos 2:3-4 (RVR1960)

Nunca la estructura puede ser tan rígida que no permita que las personas desesperadas lleguen a Cristo y necesiten de oración, de la revelación y de la reconciliación del Señor.

Por lo tanto, una de las cosas más importantes de un ministerio es tener el oído siempre atento a lo que Dios quiera hacer conmigo ese día. «¿Qué es lo que tengo que hacer, Señor?». A veces simplemente es tener una sonrisa, dar un abrazo, preguntar un nombre, dar la mano, bendecir, acordarse de las cargas que te depositan para poder orar en la semana. A veces simplemente es solo lavar una olla.

Lavar la olla

Aquí llego a mi tercera anécdota. Me acuerdo de una vez, lavando ollas en DAS, que el Señor me dijo: «Hay más personas predispuestas a predicar que a lavar una olla». Y lavar la olla es importante porque, si la olla queda sucia, no podés volver a usarla para cocinar el otro jueves.

Entonces, ¿qué es lo que pasa? Es muy importante abrir el corazón a lo que quiera el Señor hacer, como hizo David.

Por qué escribo esto

Bueno, ¿por qué escribo esto? Este es mi texto número 80 en el blog, y obviamente se lo quiero entregar al Señor.

En un momento estaba muy mal en mi vida y necesitaba ordenar mi mente. Lloré y le dije a Dios: «¿Qué tengo que hacer, Señor?». Y Él me dijo: «Escribí».

Acá estoy, cuatro años después, 80 textos más tarde, y me doy cuenta de que Dios me ha traído hasta aquí: más de 14.000 visualizaciones en más de 17 países. Todas las semanas, entre 150 y 200 lecturas.

Hemos hablado de fútbol, de política, de teología, de economía, de geografía, de demografía, de justicia social, de cine, de medio ambiente, de problemas ambientales, de poesía. Pero siempre Dios ha estado en el medio de cada uno de mis escritos.

Por eso, este texto número 80 se lo quería dedicar a Dios, porque en un momento de mi vida yo pensé: «Dios ya no... perdí mi oportunidad de servir a Dios». Me había creído esa mentira. Y con DAS pude ver la mano del Señor y pude verme en el medio, siendo usado por el Señor, aprendiendo de José María, Marcelo, Fernando, Lucas y el Chino, personas que me han enseñado y me han ayudado a caminar, que han confiado en mí para ayudarlos y poder ver la mano del Señor en sus vidas y su caminar.

Al volver a servir descubrí que todas las dudas están en nuestra mente, y en parte en mirar al gigante y no a Dios. Dios siempre le da  sus cinco piedritas a aquellos que confían en Él. 

Entonces, este texto habla un poco sobre todos los ministerios y sobre un ministerio en especial, que es el ministerio de la reconciliación.

«Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: reconciliaos con Dios.»

2 Corintios 5:18-20 (RVR1960)

Si aún estás pensando que tu tiempo ya se dio, que ya Dios no puede usarte, que has perdido el tiempo, que han pasado los años, que no has podido vencerte a ti mismo, te quiero decir que eso es una mentira. Simplemente tenés que prestar atención a dónde está el gigante, cerca de tu casa. Confiar en que Dios va a vencer a ese gigante, acercarte al arroyo y prestar atención a cuáles son las cinco piedritas que tenés que agarrar, para ver cuáles va a usar Dios para vencer a Goliat.

¿Quién lo hará?

Y es por eso que también te dejo esta carga: mi hijo tiene cinco años y, a lo largo del tiempo, me pregunta: «¿A dónde va papá los jueves?». «A darle de comer a la gente de la calle». El otro día me preguntó: «Papá, ¿vos le das de comer a la gente de la calle los jueves?». Y yo le decía: «Sí». «¿Y el resto de los días? ¿Quién les da de comer?».

Y es ahí donde está el segundo, el último propósito de este texto. En San Martín, en DAS predicamos el evangelio, el ministerio de la reconciliación, los jueves; pero también los lunes, los martes, los miércoles, los viernes, los sábados y los domingos alguien tiene que hacerlo.

¿Quién lo hará? Alguien les tiene que hablar.

«¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?»

Romanos 10:14 (RVR1960)


Comentarios

  1. Dios te bendiga Querido hermano y sabes que Dios eligió lo vil y despreciado para avergonzar a sabios... nunca es tarde para, de manera agradecida, poder servir a Dios y al prójimo

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