Lecciones al volante de un conductor tardío

 



 Escrito por Rubén Felix Galvano 

Uno de los placeres de mi vida adulta es manejar. Lo digo por una cuestión familiar, ya que a mi padre nunca le interesó tener un auto y yo recién empecé a manejar a los 36 años. Algo de lo que me arrepiento es no haber empezado antes.

Por lo tanto, todo lo que aprendí no fueron consejos heredados ni el resultado de haber ayudado a mi papá de chico, sino los aciertos y frustraciones de un intelectual adulto enfrentándose a los desafíos de la mecánica.

Mi primera joyita fue un Fiat 147, año 95. Fue el auto que me hizo soñar, frustrarme, enojarme y reír. Siempre pensé que solo las mujeres —mi esposa— podían generarme emociones así, hasta que tuve un Fiat que parecía que se desarmaba cuando andaba a más de 80 kilómetros por hora.

Lo primero que aprendí fue a través de mi instructor de manejo. Me dijo: “Rubencito, manejar es algo serio; nunca hagas algo de lo que te sientas incapaz”.

Claro, en un mundo de imprudentes y osados, el auto puede ser un arma. Uno puede sentirse vivo manejando, como también puede morir.

Fue una lección de vida a través de un vehículo, yendo en contramano de un mundo que te dice “atrévete”. Un instructor, en cambio, te enseña que no siempre, al manejar, ser osado es lo adecuado.

Luego aprendí a manejar y descubrí mi sentido de la orientación. Al no tener tanto dinero para datos en el celular, me vi obligado a memorizar y aprender los caminos.

Al vivir en una zona tan céntrica y bien comunicada como el noroeste de la provincia de Buenos Aires, más precisamente Villa Bosch, descubrí que manejar no es solo un aprendizaje repetitivo: es el arte de descubrir por dónde conviene ir. Para llegar más rápido, para evitar controles cuando no tenía VTV —cosa que ya no me pasa—, para ahorrar combustible o simplemente para disfrutar el paseo.

Los que saben y disfrutan entienden que hay caminos divertidos: con túneles, puentes, paisajes, calles y curvas que te hacen sentir vivo. Es ahí donde aprendí que un auto es tan bueno como el viaje que realiza.

Luego pasé de un Fiat a un Peugeot 306 1.9 turbo diésel, año 99. Fue la mejor decisión que tomé. Mi amigo Martín me dijo: “Te estoy bendiciendo con este auto; ponéle precio y llevátelo”.

Aprendí que tener un auto más rápido no te hace llegar más rápido. Un vehículo no es una máquina del tiempo —y me disculpo con los fanáticos de Volver al futuro—. Hay una realidad difícil de negar: no importa lo nuevo o moderno del vehículo, no podés vencer al tránsito. Por lo tanto, si salís temprano, llegás temprano; y si salís tarde, llegás tarde.

Aunque parezca una reflexión simple, hay miles de personas que no entienden esto y manejan con imprudencia.

Con mi Peugeot aprendí a disfrutar de la comodidad del viaje, de tener aire acondicionado y no un trapito húmedo. Aprendí a sentir el camino, a saber cómo manejar según el estado de las calles, a entender la velocidad y el tránsito.

Un auto mejor te hace más responsable, porque es más caro arreglarlo, pero también me hermané con él.

Es extraño, pero uno se encariña con los autos: los maneja, los arregla, pasa horas y momentos de la vida con ellos.

Un auto no es solo el dinero que gastás en él, sino todo lo que podés aprender mientras cruzás tu tiempo de vida sobre la ciudad.

Mi mejor viaje fue, tal vez, cuando salí por primera vez con mis hijos y mi esposa a pasear. Nos perdimos por no tener datos, se me apagó el auto al principio de una fila interminable de autos, lo rayé y nos reímos. Fue un spaghetti western en un Fiat 147.

Pero los que manejamos sabemos algo: el mejor viaje siempre puede ser el siguiente.


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