Un spaghetti western en un 147
Escrito por Rubén Felix Galvano
Mi primer viaje largo en auto fue con mi familia. El destino era la casa de mi suegro, a unos 16 kilómetros. Yo hacía apenas tres semanas que tenía el registro y había manejado solo tres veces. Esa semana ya me había cansado de practicar recorridos cortos, de tres, cuatro o cinco cuadras.
Entonces tomé una decisión: ir al trabajo en auto. Me desperté tarde a propósito, para no tener que tomar el colectivo, y salí rumbo a Ciudadela. Desde Villa Bosch, eran unos 8 kilómetros. Fui sin GPS; sabía hasta dónde tenía que llegar y que, una vez en la General Paz, podía orientarme hasta la escuela. Estaba seguro y en segunda marcha, tan tenso que no entraba ni una uña en el entrecejo.
El viaje salió bien ese jueves. Eso me dio confianza. El viernes decidí ir a trabajar todo el día con el auto. Tenía tres escuelas, y cumplí toda la jornada manejando, ya en tercera velocidad a veces. Cuando volví, con otra seguridad, le dije a mi familia: el sábado vamos a la casa de tu papá.
Mi esposa me miró con los ojos abiertos: “¿En serio?”. Yo le dije que sí, que íbamos a salir. En su mirada había una mezcla de orgullo e incertidumbre. Mi hija, en cambio, estaba completamente convencida de que íbamos a llegar. Ella año tras año recuerda ese viaje como un acto de fe, a Dios no a mí.
Mi esposa dudaba un poco, pero yo insistí: “Sí, vamos a llegar”. Porque en algún momento hay que animarse. A manejar se aprende manejando. ¿O acaso existe un erudito entre la audiencia que aprendió a manejar por transposición mental?
Así que nos levantamos temprano y nos preparamos. Acá en Argentina, en la provincia de Buenos Aires —más precisamente en la zona noroeste y norte: La Matanza, San Martín, Vicente López— manejar es, en gran parte, encontrar el mejor camino.
En esos primeros viajes yo elegía lo que conocía, lo que creía que era el camino correcto. Había viajado en colectivo, en remis, y siempre prestaba atención. Eso me daba una idea de por dónde tenía que ir. En casa, con Wi-Fi, miraba los recorridos y trataba de memorizar calles y avenidas porque por mi situación económica, que fue revelada al explicar que tenía un 147 explotado, nunca tenía datos en el celular.
Con el tiempo entendí que elegir el mejor camino implica decidir qué valorar. Puede ser un camino más largo, pero todo por avenida, sin baches ni pozos. Puede ser uno más corto, priorizando el tiempo. Puede ser más seguro o más cómodo. Pero en la provincia de Buenos Aires, en estas zonas, nunca vas a tener todas esas características juntas. O el camino está iluminado, o es corto, o las calles están en buen estado, o es seguro. Todo al mismo tiempo, no.
A veces pienso en cómo sería manejar en Europa, con calles lisas, autos más bajos, sin necesidad de amortiguadores tan duros como los nuestros. Acá, si no fuera así, se romperían tanto las calles como los autos. Es otra lógica, casi otro continente.
El viaje
Cuando empecé ese primer viaje largo, no elegí el mejor camino. Elegí el que, junto a mi esposa mirando el GPS, nos daba la certeza de que íbamos a llegar. Y así salí, un poco a la aventura, como Don Quijote, con una armadura italiana modelo 94.
Una vez que cargamos el auto, el 147, parecía que nos íbamos de vacaciones. Entre la pelea del nene, la mantita, el cambio de pañal, la ropa del bebé y cambio de prendas por sí se pasa el pis o la caca; la ropa cómoda para mi hija, algunos juguetes y otras cosas más, el baúl se llenó. El carrito, el huevito para que duerma… todo. Parecía una excursión, y en realidad íbamos apenas a la casa de mi suegro, como es posible que un viaje tan simple, se vuelve una proeza que pone a prueba años de jugar al Tetris.
Esa capacidad que tienen las mujeres de transformar un viaje sencillo en algo lleno de cosas. Pero, de alguna manera, salimos.
Recuerdo que la idea era ir primero por Ciudad Jardín; de ahí llegar hasta Haedo, después a Villa Luzuriaga, cruzar San Justo y finalmente llegar a Casanova. Ese era el plan. Un plan perfecto. Pero todo plan perfecto tiene sus altibajos.
Por ejemplo, ir por Ciudad Jardín hasta Haedo implicaba pasar por la curva del mate y después tomar una avenida bastante angosta, doble mano. Aunque el 147 era un auto chico, por momentos fue bastante caótico.
Hay algo que no entiendo: ¿por qué hacer una avenida angosta y además permitir que los autos estacionen a los costados? Por momentos parecía algo hecho a propósito, casi una decisión pensada para estresarte. Me imagino un genio malvado en una oficina de tránsito, diseñando las calles y diciendo: “Esta va a ser doble mano y no van a poder pasar”. Y una risa malvada resonando.
Porque, si no, no encuentro una razón estructural, ni científica, ni siquiera pedagógica para hacer una calle doble mano tan angosta. Con los años descubrí una calle paralela y rota… en fin, decisiones.
Mi esposa en un momento me miró y me dijo: “¿Por qué pasa esto? ¿Por qué manejan así?”. Yo, sin poder explicarlo —era mi tercer viaje largo y el primero con mi familia— sonreí y le dije: “Yo te prometí una vida de aventura y lo estoy cumpliendo. Además, es más cómodo que dos horas en colectivo”.
Cuando llegué, crucé el túnel por Acceso Oeste y seguí hasta Haedo. En una curva tenía que retomar hacia una avenida que me hacía volver a cruzar el paso nivel. Y ahí pasó lo impensado: me metí en el Metrobús, por donde van los colectivos. En un momento tenía que salir, pero los autos no me dejaban. Hasta que el colectivo que venía atrás me hizo luces y me dio el espacio. Salí como pude y sin infracciones.
Llegué al semáforo, y se me apagó el auto. Mi esposa me miró y me dijo: “Prestá atención”. Y yo le respondí: “Sí, amor”.
En ese momento entendí algo. Uno puede planificar un camino, puede pensar por dónde ir, estudiar las calles… pero no puede prever cómo van a actuar los demás. Y eso no pasa solo manejando, sucede en todos los aspectos de la vida. Hay reglas, sí, pero no alcanzan para ordenar todo lo que una persona puede hacer en su día a día.
Tampoco podés medir tus propios errores. A veces aparecen por desconocimiento, por falta de atención o simplemente por falta de práctica. Y están ahí, como parte del camino.
Porque un viaje no es solo llegar. Es todo lo que pasa en el medio. Son esos momentos los que lo vuelven especial.
Si las calles fueran perfectas, si no hubiera pozos y todos respetaran las reglas, quizás no tendríamos recuerdos. No tendríamos nada para contar después, en una mesa, entre risas. Y tal vez, sin darnos cuenta, perderíamos también esa pequeña cuota de aventura que hace que cada viaje valga la pena.
Haedo
Andando por Haedo, conectamos hasta Villa Luzuriaga y de ahí llegamos a Camino de Cintura, ahora Diego Maradona. Allí se dio una situación bastante extraña.
Íbamos por Villa Luzuriaga, donde todas las calles son doble mano. Eso, por mi falta de experiencia, me complicaba bastante para cruzar. Me costaba decidir, calcular, animarme. Y en una de esas, vimos un auto totalmente destruido: un 147.
Mi esposa lo miró. Yo me reí y le dije: “Una premonición”.
“No, espero que no”, me contestó.
Cuando doblamos y llegamos a Camino de Cintura, entendí algo importante: no podés cruzar por cualquier lado. Tenés que hacerlo donde hay semáforo. Así que me metí en la ruta, sin mucha opción, y tuve que aprender ahí mismo a ponerme en la fila correcta, la que te permite doblar y cruzar. Pero no me salió de una: tuve que doblar mal, seguir, volver para atrás y hacerlo otra vez.
Y ahí aparece algo clave: la experiencia se construye equivocándose. Manejar tiene mucho de eso, de sobrevivir a malas decisiones y aprender de ellas para no repetirlas.
“Yo no aprendí a los golpes, los golpes aprendieron de mí. “ Rubén Felix Galvano (mal conductor)
Y no pasa solo manejando. Pasa en el trabajo, en el estudio, en el amor. Muchas veces pensamos que el error desgasta, que asfixia, que debería evitarse. Pero, ¿qué otra forma hay de aprender?
¿Hay tantos sabios que nunca se equivocaron y aprendieron solo del consejo?
Yo no. Yo aprendí a los golpes. Y gran parte de lo que sé hoy viene de ahí: de equivocarme, de sobrevivir a esos errores, de recomponerme y seguir adelante.
Al llegar a Casanova, fue bajar del auto y ver la cara de mi suegro, contento porque había llegado manejando. Era mi primer viaje largo, y además con la familia. Casi todavía puedo escuchar el Schumacher al final de la bienvenida.
La vuelta
Luego de pasar un buen día en familia había que volver, manejando por primera vez de noche. Ahí se complicó todo: yo no tenía datos, mi esposa no tenía batería y a mi hija no le andaba el celular. Así que mi suegro me explicó tres veces el camino de vuelta.
Era, en teoría, simple: llegar hasta Don Bosco, seguir todo derecho y retomar hacia al túnel de Haedo. Cruzar el túnel, seguir derecho hasta que termine, y luego doblar a la izquierda y continuar hasta El Palomar, y luego hasta Ciudad Jardín.
Con los años, el único cambio que hice en ese recorrido fue elegir un tramo un poco más largo, pero más iluminado y con calles en mejor estado.
Y creo que ahí está la conclusión de toda esta aventura. Ese primer viaje largo, que entre ida y vuelta fueron 32 kilómetros —nada despreciable para alguien que hacía un mes tenía el registro y casi no había manejado—, me dejó algo más que la experiencia de manejar.
En la vida tomamos muchos caminos. Algunos nos los enseñan, otros los aprendemos, otros los heredamos. A veces confiamos en las aplicaciones o en el conocimiento de otros para saber por dónde ir.
Pero con el tiempo, uno elige. Y yo elegí, siempre que puedo, ir por un camino más iluminado, aunque sea más largo. Porque entendí que ir más rápido por un lugar oscuro no siempre es la mejor opción.
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