LOS MIGRANTES Y LA CIUDAD: UNA RELACIÓN BILATERAL

 


Escrito por Rubén Félix Galvano

Desde que existen las ciudades, podemos afirmar que las personas migran desde las zonas más despobladas o rurales hacia ellas. Las causas de este fenómeno son variadas: exceptuando las peregrinaciones religiosas, la migración responde principalmente a causas económicas y, en la era del cambio climático, también ambientales.

El nivel de vida esperado en las ciudades responde a la mayor cantidad de posibilidades. Por ejemplo, en una zona rural se cuenta con un médico cada tantos kilómetros, mientras que en una ciudad la cantidad y disponibilidad se vuelve exponencial.

También podemos observar la disponibilidad de agua de red, gas natural y luz eléctrica. Recuerdo la anécdota de unos haitianos que me contaron que lloraron al abrir la canilla en Buenos Aires y ver que el agua se podía consumir.

El bienestar de la ciudad, aunque no llega a todos de manera uniforme, se ve favorecido por una estructura de servicios que permite mayor accesibilidad.

Las migraciones también afectan la estructura de la población y los grupos etarios. Pero cuando son masivas, alteran también los indicadores de mortalidad, esperanza de vida y natalidad.

Este cambio afecta también a los lugares de procedencia, influenciando el estado en la etapa de la transición demográfica correspondiente.

Por lo tanto, la migración, por más que tenga causas económicas, tiene un impacto social y demográfico muy fuerte.

Las consecuencias más importantes tienen que ver con la integración de esos migrantes al tejido urbano.

Como la migración es un fenómeno social y económico, la procedencia y los recursos, tanto simbólicos como monetarios, influyen en qué lugar de la sociedad y en qué parte de la ciudad habitará ese migrante.

No es lo mismo venir a estudiar desde otro país que ser profesional, joven, niño, adulto, cuentapropista o jugador de fútbol.

Lo que define el tipo de migración y determina el análisis es cuando pasamos de lo cuantitativo a lo cualitativo. La migración es, en sí misma, una relación entre el migrante y un nuevo entorno. El entorno define tanto como la capacidad del migrante para adaptarse y ser moldeado.

Porque no es lo mismo ser latinoamericano en Europa que en Estados Unidos. Ser africano en Argentina o en Siria. Ser asiático en Estados Unidos o en México.

Para poder explicar mejor este fenómeno social e individual, existe un autor que calza casi a medida: Pierre Bourdieu, con sus conceptos de “capital económico”, “capital cultural” y “capital simbólico”.

El capital económico es lo más obvio: cuánto dinero, propiedades o recursos materiales trae o puede generar el migrante. Determina directamente en qué barrio puede vivir, qué acceso tiene a servicios, si puede “elegir” dónde instalarse o si queda relegado a donde el mercado lo empuja.

El capital cultural es un concepto más complejo, porque son los saberes, títulos, formación, y también el “saber moverse” en ciertos ámbitos. Un migrante con estudios universitarios reconocidos (o revalidables) tiene un camino distinto al de alguien sin escolarización formal, aunque ambos lleguen con la misma cantidad de dinero en el bolsillo. Bourdieu distingue tres formas: incorporado (el hábito, la manera de hablar y comportarse), objetivado (libros, diplomas físicos) e institucionalizado (títulos reconocidos oficialmente).

Por último, tenemos el capital simbólico: es el prestigio, el reconocimiento social — no lo que uno tiene, sino cómo es percibido por los demás. Acá entra directamente el ejemplo anterior: no es lo mismo ser africano en Argentina que en Siria, porque el mismo origen tiene un valor simbólico distinto según el contexto receptor. Un migrante puede tener recursos económicos y culturales, pero si su origen está estigmatizado, ese capital simbólico negativo lo condiciona igual.

Por lo tanto, Bourdieu diría que estos tres capitales no actúan por separado: se combinan y hasta se convierten unos en otros. Un migrante puede tener poco capital económico pero compensarlo con capital simbólico alto (el “profesional extranjero” bien visto), o tener buen nivel económico pero capital simbólico bajo (el estigma pesa más que el dinero). Esto explica exactamente por qué “no es lo mismo venir a estudiar que ser profesional, joven, niño, cuentapropista o jugador de fútbol” — cada uno entra a la ciudad con una combinación distinta de estos tres capitales.

El lugar de origen es una ciudad, pero no es simplemente cualquier ciudad, ni tampoco es ninguna ciudad. Todas las ciudades cumplen con una definición general, que responde al imaginario geográfico de ciudad, pero no son la misma ciudad.

La teoría clásica lo explica así: el modelo push-pull (Ravenstein, y después Everett Lee lo sistematizó en 1966) explica la migración como resultado de factores de expulsión en el origen (pobreza, violencia, desastres) y factores de atracción en el destino (empleo, servicios, seguridad). La distinción forzada/voluntaria viene de ahí: si predominan los factores de expulsión, es forzada; si predominan los de atracción, es voluntaria.

Por lo tanto, el análisis teórico tiene un límite preciso, por más que creemos categorías de análisis para cada ciudad e intentemos diagnosticar.

El problema es que estas categorías tratan a las ciudades como unidades intercambiables: cualquier “ciudad de destino” cumple la función de polo de atracción, cualquier “ciudad de origen” cumple la función de polo de expulsión. Todas las ciudades cumplen una definición general de ciudad, pero ninguna es la misma ciudad. El push-pull explica el movimiento en abstracto, no explica por qué ese migrante en particular, en esa ciudad en particular, tiene esa relación bilateral (de integración o de conflicto) que describimos en el punto anterior. Tampoco explica por qué el mismo tipo de migrante (africano, por ejemplo) tiene una experiencia distinta en Argentina que en Siria — ahí las categorías generales se quedan cortas, porque el problema no es solo cuánto empuja o atrae, sino qué significa simbólicamente ese origen en ese destino específico.

Al final es una relación bilateral: el migrante en la ciudad, o contra la misma.

Declaro esto porque el entorno y la familia son parte constitutiva del migrante. Una incógnita que se abre aquí es la vieja discusión de si el hombre es un ser social construido o si nace tal cual es.

El migrante construye esta nueva relación desde la construcción social o desde la identidad asumida. La pregunta, entonces, es si la sociedad receptora se vuelve multicultural o intercultural, o si esto último también depende del migrante.

Para responder y explicar por qué la migración es una relación bilateral, podemos citar una gran cantidad de autores que nos dan una visión de esta relación asimétrica y compleja entre el migrante y la ciudad.

Robert Park y el “hombre marginal”

Park decía que el migrante vive en el borde de dos mundos culturales sin pertenecer del todo a ninguno de los dos. No es de acá ni es ya de allá — vive en una tensión permanente. Esto explica, por ejemplo, por qué un migrante puede sentirse “extranjero” incluso años después de instalarse, o por qué sus hijos (segunda generación) suelen vivir esa tensión de otra manera.

Georg Simmel desarrolla el siguiente concepto, “el extranjero”, como algo paradójico: el extranjero está físicamente cerca (vive en la ciudad, comparte el espacio) pero socialmente lejos (no comparte del todo los códigos, la historia, los vínculos previos). Por eso, dice Simmel, el extranjero suele ocupar roles específicos en la sociedad — el comerciante, el prestamista, el mediador — porque su distancia social le permite cierta objetividad que el local no tiene. Es cercanía y lejanía al mismo tiempo.

En cambio, Abdelmalek Sayad desarrolla el concepto de “la doble ausencia”. El migrante vive una doble ausencia: está ausente de su lugar de origen (porque se fue) pero también está ausente del lugar de destino (porque nunca termina de ser plenamente aceptado o integrado). No está completo en ningún lado. Es por eso que la migración es una “relación bilateral” — el migrante no solo se relaciona con la ciudad nueva, sino que sigue en relación (o en tensión) con el lugar que dejó.

Por último, García Canclini expone las “culturas híbridas”. En vez de pensar en culturas puras que chocan o conviven, Canclini propone que las culturas se mezclan, se hibridan. El migrante no mantiene su cultura de origen intacta ni adopta la nueva por completo: crea algo nuevo, mixto. Esto se puede ver en el conurbano bonaerense, o en CABA, donde conviven tradiciones bolivianas, paraguayas, peruanas con lo local. Recuerdo ir al barrio chino y escucharlos hablar en su idioma mientras tomaban mate.

Por lo tanto, nuestra lectura histórico-social del espacio no se limita a medir solo fuerzas de expulsión/atracción, sino que aborda cómo se constituye históricamente ese territorio y esa sociedad receptora — su memoria, sus jerarquías simbólicas, su estructura previa — para poder explicar por qué la misma migración “cuantitativa” (mismos números, mismo origen) produce resultados “cualitativos” tan distintos según el caso.

Un caso que conozco de cerca es el de los venezolanos que llegaron por la crisis migratoria de los últimos años. Ahí conviven perfiles muy distintos: profesionales con título universitario, otros que llegaron siendo niños y crecieron acá, y en general una población que, con el tiempo, logró un ascenso social relativamente rápido. Es un tipo de migración bien distinta a la de bolivianos o paraguayos, que suele venir de zonas rurales y se inserta en otros oficios. Muchos venezolanos llegaron capitalizados — vendieron su casa, sus propiedades, antes de venir — y ese capital económico, sumado al capital cultural institucionalizado del título universitario, les facilitó mucho más la instalación. Es exactamente lo que explica Bourdieu: no alcanza con el origen o el destino, sino con qué combinación de capitales entra cada migrante a la ciudad — y ahí está, de nuevo, la relación bilateral: la misma "crisis venezolana" produjo trayectorias de asentamiento completamente distintas según los recursos con los que cada uno llegó.

Referencias bibliográficas

Bourdieu, P. (1986). The Forms of Capital. En J. G. Richardson (Ed.), Handbook of Theory and Research for the Sociology of Education. Greenwood Press.

García Canclini, N. (1990). Culturas híbridas: Estrategias para entrar y salir de la modernidad. Grijalbo.

Lee, E. S. (1966). A Theory of Migration. Demography, 3(1), 47–57.

Park, R. E. (1928). Human Migration and the Marginal Man. American Journal of Sociology, 33(6), 881–893.

Ravenstein, E. G. (1885). The Laws of Migration. Journal of the Statistical Society of London, 48(2), 167–235.

Sayad, A. (1999). La double absence: Des illusions de l’émigré aux souffrances de l’immigré. Seuil.

Simmel, G. (1908). Der Fremde [El extraño]. En Soziologie: Untersuchungen über die Formen der Vergesellschaftung.


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