Dios es el héroe de la humanidad

 


Escrito por Rubén Felix Galvano 

Al leer la palabra, en específico cualquier porción del Antiguo Testamento, nos encontramos que la motivación de la historia es el conflicto, y los hombres que lo enfrentan solo tienen una herramienta, su fe en Dios, que con su intervención a través de una palabra, una visión, un milagro o una orden, encamina la resolución de los conflictos. Dios es el héroe del pueblo hebreo, y los patriarcas, hombres que aprendieron a caminar cada uno a su manera, relacionándose de manera singular y personal con el creador.

Walter Brueggemann sostiene que el Antiguo Testamento debe leerse como una gran narración teológica en la que Dios es el sujeto activo de la historia, mientras que Israel aparece como un socio ambiguo, muchas veces infiel. La trama bíblica no avanza por la coherencia moral del pueblo, sino por la fidelidad obstinada de Dios, que rehúsa abandonar su proyecto aun frente al fracaso humano. En este sentido, Dios es el verdadero protagonista del relato, no como un héroe mitológico que vence enemigos, sino como aquel que sostiene la historia contra toda evidencia en contra.

De esta manera cada patriarca se relaciona de manera distinta y personal con Dios:

Gerhard von Rad afirma que los relatos veterotestamentarios no buscan exaltar figuras humanas, sino proclamar los actos salvíficos de Dios en la historia. Abraham, Moisés o José no son héroes en sentido clásico, sino testigos de una acción divina que los precede y los supera. La fe de Israel no se funda en virtudes humanas extraordinarias, sino en la memoria de un Dios que actúa, libera, promete y acompaña. La historia bíblica es, por lo tanto, una historia de salvación narrada desde la acción de Dios, no desde el mérito del hombre.

Desde Abraham a Jacob

A partir de Génesis 12 comienza una nueva etapa en el relato bíblico. Si los primeros once capítulos del Génesis —sobre los que ya hemos reflexionado previamente— narran la creación, la vocación original de la humanidad y su progresiva fractura, desde el llamado de Abraham se inaugura un movimiento distinto: Dios decide volver a entrar en la historia humana de un modo personal, concreto y relacional.

En la primera parte del Génesis, Dios crea al ser humano con un propósito claro: gobernar la tierra a su imagen y semejanza, multiplicarse, poblarla y administrarla responsablemente (Gn 1:26–28). Sin embargo, el pecado, la violencia y la soberbia humana —que culminan simbólicamente en Babel— rompen esa vocación original. Aun así, Dios no abandona su proyecto. Génesis 12 marca el inicio de su estrategia de restauración.

Abraham aparece como el punto de inflexión. Sabemos que proviene de una familia acomodada, establecida cerca de Ur de los caldeos, en pleno contexto de la Edad de Bronce (Gn 11:27–31). Es decir, no se trata de un marginado ni de alguien que no tuviera nada que perder. Y, sin embargo, Dios irrumpe en su vida con un llamado radical:

“Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré” (Gn 12:1).

Podría decirse, en términos narrativos, que Abraham se encuentra con un tesoro. Como Frodo al encontrarse con el Anillo Único, su vida ya no puede seguir igual. Pero, a diferencia de Frodo —cuyo tesoro es ambiguo y peligroso, y debe ser destruido porque consumiría su bondad—, Abraham se encuentra con el verdadero tesoro: Dios mismo. Entonces el patriarca que, al dejarse consumir por la voluntad de Dios, gana un nombre en la historia: “Amigo de Dios”. Y Dios, a su vez, encuentra en Abraham algo singular: fe suficiente.

Esa fe no consiste simplemente en creer que Dios existe, sino en confiarle la propia vida. Abraham cree lo que Dios promete aun cuando no ve pruebas inmediatas de su cumplimiento. Por eso la Escritura afirma:

“Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia” (Gn 15:6).

Dios llega a llamar a Abraham “su amigo” (Is 41:8; Stg 2:23), y más adelante se identifica a sí mismo como “el Dios de Abraham” (Ex 3:6). Esta relación es tan profunda que redefine la manera en que Dios se presenta al mundo.

Es importante aclarar que Abraham no es la primera persona que se relaciona con Dios. Job —cuyo relato es considerado por muchos como anterior en antigüedad— dialoga con Él; Noé camina con Dios y construye el arca por fe (Gn 6:9; Heb 11:7). Sin embargo, Abraham encarna algo nuevo: es alguien que está dispuesto a dejarlo todo por Dios, incluso aquello que representa la promesa misma.

El episodio del sacrificio de Isaac es el punto culminante de esa fe (Gn 22). Abraham está dispuesto a ofrecer a su hijo, el heredero de la promesa, confiando en que Dios sigue siendo fiel incluso más allá de lo comprensible. El Nuevo Testamento interpreta este acto como una fe que cree en la vida aun frente a la muerte (Heb 11:17–19).

Tal es la fe de Abraham que Dios le hace una promesa que él nunca verá cumplida en vida:

“En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra” (Gn 22:18).

Esta promesa atraviesa toda la Escritura y encuentra su cumplimiento pleno en Cristo y en la expansión del Evangelio al mundo entero (Gál 3:8, 16). La Iglesia, aún hoy, es testigo de una promesa hecha miles de años atrás que sigue desplegándose en la historia.

Dios se impone delante de Abraham y le plantea una incógnita: una vida guiada por la Providencia divina. Él acepta sabiendo que le hicieron una promesa que no verá, pero esa promesa la hizo Dios y, al creerle, no solo quedó como el Padre de la fe, sino que también nos enseñó que confiarle al Padre de todo el futuro de nuestras generaciones es la mejor y mayor decisión que cualquier hombre puede realizar.

Luego aparecen Isaac y Jacob, herederos de esa promesa, cada uno con una fe vivida a su manera. Isaac continúa el camino de su padre, permaneciendo en la espera confiada de que Dios lo conducirá a la tierra prometida (Gn 26). Su fe es más silenciosa, menos épica, pero igualmente perseverante.

Su relación con Dios es de continuidad silenciosa: no hay visiones ni pruebas de fuego, solo la perseverancia de quien permanece fiel a algo que le fue entregado. Es, en ese sentido, el patriarca que enseña que la fe también se ejerce en la espera y en la ausencia de señales, no solo en el momento del gran gesto. Dios valora esto, por eso se hace llamar también el Dios de Isaac.

Jacob, en cambio, cumple otra función teológica dentro del relato bíblico. Su vida nos muestra que Dios no solo trabaja con personas nobles y rectas, sino también con los tercos, los aprovechados, los ambiguos. Jacob desea la bendición de Dios, aun sabiendo que, según el orden establecido, pertenecía a su hermano Esaú. La obtiene de manera engañosa (Gn 27), y su historia queda marcada por el conflicto, la huida y la transformación.

Sin embargo, Jacob no desea cualquier cosa: desea la bendición. Y eso lo lleva a luchar con Dios mismo (Gn 32:22–32). Como bien señala el cantante colombiano Santiago Benavides, Jacob representa a todos aquellos de carácter difícil, a los que discuten con Dios, a los que se resisten, pero no se rinden. Es el relato de quienes pelean con el ángel y, aun heridos, se niegan a soltar a Dios sin ser bendecidos.

Jacob es el ejemplo vivo de que permanecer en insistir, a pesar de la dureza de mi corazón, es igual de importante para Dios. Porque Él valora al que lo busca y se deja encontrar, luego lo pule con las circunstancias, aunque tenga que luchar contra él.

Por eso aquí se revela una verdad central del Génesis y del Éxodo: Dios no es el héroe porque elige a los mejores, sino porque transforma a personas comunes, rotas y contradictorias en portadores de su promesa.

La historia no avanza por la grandeza humana, sino por la fidelidad divina.

Desde Abraham hasta Jacob, el verdadero protagonista no es el patriarca de turno, sino Dios mismo, que sostiene la historia, reorienta el fracaso humano y mantiene viva la promesa. Por eso, desde el comienzo, Dios se presenta como el héroe de la humanidad: no porque vence a otros, sino porque no abandona a los suyos.

José, Moisés y el primer Éxodo

En esta misma promesa aparece José —no el primogénito de Jacob— como un personaje central dentro del Génesis. José es presentado como alguien a quien Dios le habla de un modo particular: a través de sueños. Dios le concede sabiduría, discernimiento e interpretación espiritual (Gn 37:5–11; 40:8).

José demuestra una fe inquebrantable. Si nos detenemos a pensar, pocas personas en la Biblia atraviesan circunstancias tan duras como él. Es traicionado por sus propios hermanos, despreciado, vendido como esclavo (Gn 37:28), acusado falsamente, encarcelado injustamente (Gn 39:20), y aun así no quiebra su fe. No maldice a Dios ni abandona su confianza en Él. Por el contrario, sigue usando los dones que había recibido con discernimiento espiritual, aun en medio del sufrimiento (Gn 40:12–19).

Finalmente, Dios lo exalta, y José llega a ser, después del faraón, el hombre con mayor autoridad en todo Egipto (Gn 41:39–41). Cuando sus hermanos regresan a él, lejos de buscar venganza, José atraviesa un profundo conflicto interno, humano, emocional, pero decide actuar con misericordia y propósito. Él mismo reconoce la mano de Dios detrás de su historia:

“Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien” (Gn 50:20).

José sufre en silencio y nunca lo culpa a Dios; espera firme el cumplimiento de la voluntad y, al verla cumplida, nos da testimonio de que aun en las situaciones peores Dios tiene el control.

Israel —antes llamado Jacob— termina descendiendo a Egipto con toda su familia y sus bienes (Gn 46:1–7). Allí bendice a sus hijos y cierra una etapa del Génesis marcada por la promesa, la fe y la fidelidad de Dios a pesar de las debilidades humanas (Gn 49).

Mucho tiempo después aparece el Éxodo, que en cierto sentido retoma la misma lógica. Vuelve a aparecer un pueblo —el pueblo hebreo— enfrentado a una gran dificultad: la esclavitud en Egipto (Ex 1:13–14). Y vuelve a aparecer una promesa: Dios los rescatará de Egipto y los llevará a una tierra prometida (Ex 3:7–8).

Surge entonces la figura de Moisés, un personaje profundamente trágico. Criado por la hija del faraón (Ex 2:10), termina huyendo tras cometer un homicidio (Ex 2:11–15). Se refugia en Madián, en casa de Jetro, su suegro (Ex 2:16–21), y allí, en el anonimato del desierto, Dios vuelve a intervenir en la historia.

El Señor se le revela y se presenta diciendo:

“Yo soy el que soy” (Ex 3:14),

y se identifica como

“el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” (Ex 3:6).

Esta presentación es profundamente significativa. Invita a preguntarnos si, al revelarse hoy, Dios podría decir nuestro nombre después de Jacob. Si tenemos una relación con Él marcada por la obediencia, la fe y el deseo de que su bendición y su propósito sean lo más importante en nuestra vida.

Con Moisés se da algo distinto. Dios no solo le habla, sino que dialoga con él. Moisés responde, objeta, duda, argumenta. Dios lo envía, y Moisés le dice que no puede, que no sabe hablar, que necesita ayuda (Ex 4:10–13). Y aun así, Dios lo acompaña.

Esta relación se despliega a lo largo del Levítico y Números. En varias ocasiones Dios expresa su enojo con el pueblo, y Moisés intercede, refrena el juicio, dialoga, persuade (Nm 14:13–19). Esa relación singular es reconocida por el propio Dios cuando declara:

“Si hubiera entre vosotros profeta de Jehová, le apareceré en visión, en sueños hablaré con él. No así a mi siervo Moisés… cara a cara hablaré con él” (Nm 12:6–8).

Moisés tiene una relación cara a cara con Dios, y aun siendo el creador de la historia, lo escucha, porque conoce su corazón. Su relación es con un Dios temerario pero paciente, poderoso pero lleno de amor, con la capacidad de destruir todo; aun así, decide manifestarse en el interior de una carpa. Dios se deja conocer en profundidad por Moisés, y esto habla tanto del corazón de Dios como del de Moisés, el hombre más manso sobre la tierra.

De este modo, la historia vuelve a mostrar que el centro no está en la grandeza humana, sino en la relación que Dios establece con quienes confían en Él y aceptan cargar con su propósito.

El Éxodo, en cierta manera, nos presenta con claridad una figura heroica de Dios. De todos los relatos posibles dentro de la experiencia humana, el Éxodo muestra al héroe en toda su potencia. Dios vuelve a aparecer con su poder creador e interventor, actuando directamente sobre la naturaleza: convierte el río Nilo en sangre (Ex 7:20), envía plagas, enfermedades (Ex 8–10) y finalmente quita la vida de los primogénitos de Egipto (Ex 12:29). Abre el mar para su pueblo y lo cierra sobre sus enemigos (Ex 14:21–28).

Dios se revela aquí como una figura implacable. El texto mismo afirma que el faraón endureció su corazón, y que Dios permitió que ese endurecimiento avanzara hasta el final (Ex 9:12; 10:1). El resultado es extremo: el faraón pierde su ejército y su propia vida en el Mar Rojo (Ex 14:28). El Éxodo no suaviza la imagen de Dios: lo presenta poderoso, soberano y absoluto.

Es el mismo Dios que creó la tierra en Génesis (Gn 1), el que envió el diluvio (Gn 7), el que confundió las lenguas en la torre de Babel (Gn 11). El Dios todopoderoso que gobierna la historia y la naturaleza. Y, sin embargo, ese mismo Dios, con toda su grandeza, decide llevar adelante un propósito mayor con el ser humano.

Ese propósito es el que el apóstol Pablo explicita: Dios desea una familia de muchos hijos, conformados a la imagen de Jesucristo (Ro 8:29), y que en esa familia sean bendecidas todas las naciones (Gál 3:14). Es, en definitiva, el anhelo de que la humanidad recupere el Edén: esa relación original en la que Dios caminaba entre el huerto y el ser humano conversaba con Él (Gn 3:8).

Dios ama esa relación. No hay otra explicación posible que no sea el amor del Padre celestial hacia sus criaturas. Un amor que siempre hace una milla más. Cuando Jesús dice: “a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos” (Mt 5:41), habla desde la experiencia misma de Dios con la humanidad. Dios siempre hace una milla más: perdonando, hablando, llamando, reconstruyendo vínculos.

Incluso cuando disciplina, su acción está atravesada por el cuidado. Como expresa el libro de Job:

“Porque él hiere, y él venda; él golpea, y sus manos curan” (Job 5:18).

Dios, en su amor, nos llama y nos demuestra que, aun teniendo todo el poder, nunca nos deja desprovistos. Siendo sus hijos por medio de Jesucristo (Jn 1:12), tenemos un Dios dispuesto a abrir el Mar Rojo.

¿Cuántas veces cada uno de nosotros ha cruzado su propio Mar Rojo? ¿Cuántas veces, en medio de las dificultades, las aguas se abrieron y de manera inexplicable estamos del otro lado? Miramos hacia atrás y pensamos: yo tendría que haber muerto, yo tendría que haber sido vencido, yo tendría que haber sufrido de otra manera. Y, sin embargo, Dios estaba ahí, acompañando en medio del desierto (Ex 13:21–22).

Mi vida, como la de muchos, es el testimonio de que, aun a pesar de las dificultades, Dios siempre abrió las aguas, vino en mi rescate, me libró de la maldad de este mundo, de la enfermedad y hasta de mí mismo. Su amor es grande como su soberanía en la historia, y a pesar de los tiempos malos, podemos aprender que Él sabe cómo tratar con todo tipo de personas: los capaces, los silenciosos, los testarudos, los oprimidos, los príncipes y los pastores.

Porque Dios no abandona a su pueblo.

Por eso Jehová es el gran héroe de la humanidad.

Toda epopeya heroica presenta a un héroe que atraviesa un conflicto decisivo. Pero Dios no tiene conflicto alguno. El conflicto somos nosotros. Nosotros complicamos la historia. Y Él, en lugar de destruirnos, nos ama (Os 11:8–9).

Ese es el heroísmo de Dios: no luchar contra la humanidad, sino salvarla.

El segundo éxodo trata justamente sobre esa actitud de siervo que tiene nuestro Padre Celestial: ir a por la oveja perdida, cruzar el Mar Rojo nuevamente por nosotros a través de Jesucristo.

Dios es el héroe de la historia porque, aun viendo que nosotros no entendíamos la ley, no comprendíamos cómo vivir y no sabíamos amar, se hizo hombre, siervo, carpintero, maestro, hijo, extranjero, oveja, pastor, amigo, hermano, y murió como los cobardes: nuestro héroe, el Dios que se identifica con los que quieren relacionarse con Él, dio su vida para salvarnos.

Nuestra mente no llega a comprender el porqué Dios tuvo que dar la vida por nosotros. Gracias, Dios, por ser también mi héroe. Espero ansiosamente vivir el evangelio de tal manera que, cuando te presentes, también digas: “y el Dios de Rubén”.


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