Soy esa paloma
El otro día, mi hija me llamó desde su cuarto, el que comparte con su hermano Liam, de cuatro años. Me dijo:
—Papá, entró una lagartija bebé. Sacala sin lastimarla.
Había más expectativa que miedo en su voz. Miré a la lagartija, después los miré a ellos dos, y pensé: bueno.
Agarré un tupper, lo apoyé con cuidado encima de la lagartija y, con una hoja dura, la deslicé entre el recipiente y la pared. Así la atrapé sin hacerle daño. La llevé hasta el patio, levanté el tupper y la dejé libre.
La lagartija no entendía bien lo que había pasado. Yo, en voz baja, le dije que tuviera una buena vida.
Mi hijo me sonrió. Mi hija se sorprendió por el ingenio de la maniobra.
Al día siguiente, apareció otra lagartija, todavía más chiquita. Esta vez había quedado atrapada dentro de un botellón de agua donde estábamos plantando una batata. El plástico resbalaba, así que no podía trepar ni salir.
La llevé al patio, cerré la reja para que los perros no la molestaran y apoyé el botellón de costado. Pero la lagartija no quería salir.
Entonces mi hijo me dijo:
—Papá, ayudala.
Y yo oré. Le pedí a Dios que la ayudara, que la convenciera de salir. En ese momento, sentí que el Señor me daba una idea.
Puse el botellón boca abajo, porque la tierra estaba dura, y empecé a golpear suavemente el plástico, guiándola con pequeños golpes hacia la salida. Así, poco a poco, la fui acercando hasta que pudo salir.
Al otro día, en mi casa, apareció una paloma herida.
Y mi hijo, otra vez, me dijo:
—Papá, tenés que ayudar a la paloma.
Es ahí donde entendí: Dios seguramente me quiere decir algo.
Entonces investigo. Llamo a una amiga veterinaria y le cuento la situación. Me dice:
—Mirá, si no querés pagar un veterinario, podés cuidarla vos. Dale de comer, agua. Si el ala no está desgarrada y solo le faltan plumas, cuando le vuelvan a crecer, va a poder volar otra vez.
Así que eso hago.
En estos días estuve alimentando a la paloma, dándole agua, acercándome de a poco para no asustarla. Limpio el patio, limpio lo que ensucia, la cuido. Y, sobre todo, oro. Le pido a Dios que la paloma pueda volver a volar.
Mi hijo me mira y me pregunta:
—¿Estamos ayudando a la paloma?
Yo miro a la paloma.
Y en ese momento me doy cuenta de algo difícil de explicar: la paloma soy yo.
No en un sentido literal —no soy una paloma—, sino en algo más profundo.
La lagartija perdida en la pieza.
La lagartija atrapada en el botellón.
La paloma herida.
En cierta forma, todos ellos soy yo.
No sé bien cómo decirlo, pero al ver a esos animales tan vulnerables, tan dependientes de la misericordia de otro para poder seguir viviendo, me doy cuenta de algo: “de mi propia necesidad de Dios”.
Hay momentos en la vida en los que nuestra necesidad de Dios es total. Momentos en los que estamos en el fondo… como si estuviéramos en un pozo.
Es como Libro de Daniel cuando está en el foso de los leones.
Como los tres amigos en el horno de fuego.
Como Jesús en la cruz, sabiendo que el Padre lo estaba cuidando.
Como Lázaro cuando vuelve a la vida.
Como el leproso esperando ser sanado.
Como Elías siendo alimentado por cuervos.
Como Noé en medio de los cuarenta días de lluvia.
Hay un momento en la vida en que uno ve el mar adelante, los carros del faraón atrás, y entiende algo con total claridad:
Dios tiene que obrar acá… porque si no, es el final.
Y ahí lo entiendo.
Yo soy esa paloma.
Soy ese animal herido, esperando la misericordia del Señor para poder volver a volar.
Y mientras tanto… mientras ese momento llega… lo único que puedo hacer es confiar.
Confiar en esa presencia que me acerca alimento, que me da agua, que me cuida, que me mira…
y que, aunque no siempre la vea, está orando por mí.
Que me dice, en silencio:
“Todo va a estar bien. Nada te va a pasar”.
En esos momentos en los que parece que todo se va a caer, en los que no hay salida visible… me doy cuenta de algo profundo:
Yo soy esa paloma.
Y lo bueno… es que quien me cuida… es mi Padre Dios.
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