¿Se está enfriando el amor?

 



Soy Rubén, profesor, escribo sobre teología, sociología e historia en este espacio. Arranco 2026 con esta pregunta porque creo que vale la pena hacérnosla juntos


Jesús advierte que, en los últimos tiempos, el amor de muchos se enfriará. Siempre me llamó la atención esa expresión, porque si uno lee 1 Corintios 13 entiende que el amor de Dios no puede enfriarse. El ágape no depende de las circunstancias ni del contexto histórico. Entonces, necesariamente, Jesús no puede estar hablando del amor de Dios, sino del amor de nosotros los hombres: un amor que intenta emular el amor divino, pero que es frágil, limitado y vulnerable.


“ y tanto aumentará la maldad que el amor de muchos se enfriará.” San Mateo 24:12 RVC


Nuestro amor humano, sin Dios, muchas veces no pasa de ser una intención. Puede equivocarse, justificarse, celarse y aun así intentar hacer el bien. Pero se cansa. Se endurece. Se enfría.


Y al comenzar este 2026, mirando hacia atrás y observando el mundo que habitamos, la pregunta aparece casi sola:

¿se está enfriando el amor en nosotros?


Somos parte de una sociedad profundamente atravesada por el consumismo. Un mundo en el que cada vez se trabaja más para vivir igual o peor. Recuerdo la generación de mis padres: un pochoclero, un verdulero, cualquier persona con un oficio o un empleo estable, siendo ordenada, podía aspirar a comprarse su casa y construir una vida digna. Eso cambió. La meritocracia se volvió cada vez más acotada. Cada vez menos personas parecen “merecedoras” de una vida digna, como si no alcanzara para todos.


Sin embargo, los números muestran que no es un problema de escasez, sino de acumulación: el 10% más rico concentra cerca del 90% de las ganancias. No es que no alcance; es que el sistema decidió que no alcance para todos. Como explica la sociología, la pobreza fue funcional para mantener a la clase trabajadora en movimiento, “a trote”. Tal vez hoy ya ni siquiera sea necesaria. Tal vez por eso dejó de importar.


En ese contexto, la vida se vuelve supervivencia. Dos o más trabajos para llegar a fin de mes. La preocupación constante por pagar impuestos, evitar deudas, mantener el auto, tener un celular que funcione, vestir dignamente. Tenemos una vida vertiginosa que muchas veces no deja espacio para el descanso ni para el otro.


En el medio de todo eso, veo a mi hijo escribir la cartita para los Reyes Magos. Pintarla, pensar qué pedir, esperar. Esa inocencia que naturalmente se va perdiendo con la adultez, hoy parece ser arrancada mucho antes por el propio sistema. El consumismo no solo empobrece materialmente; empobrece simbólicamente. Nos va quitando la inocencia de la vida, y con ella, algo esencial del amor.



Porque nuestra sociedad afronta un cambio profundo también en la forma de comunicarnos. Nací en 1985 y me comuniqué por cartas, teléfonos fijos, cabinas telefónicas, chat, Messenger, mensajes de texto, WhatsApp y redes sociales. Viví toda la transición. No hablo desde el rechazo a la tecnología, sino desde la experiencia. Y es evidente que la comunicación se volvió hoy impersonal. Se le quitó al emisor y al receptor la cercanía, el rostro, la humanidad.


Las redes sociales formaron generaciones que se comunican sin enfrentar al otro, sin mirarlo a los ojos, sin sostener una discusión real. Se tira la piedra y se sigue de largo. Si Jesús hoy dijera “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”, nuestra generación la arrojaría sin dudar. El anonimato, la distancia y la validación digital debilitaron la ética.


Las redes, sostenidas por publicidad, dinero y likes, jerarquizan opiniones no por su verdad o su justicia, sino por su visibilidad. Un bot puede darle “me gusta” a una publicación de Messi, de Trump, de autos o de una modelo, y ese número otorga respaldo, veracidad, legitimidad, incluso a la mentira. Es una forma nueva de intolerancia, un fascismo digital sin nombre. Todos hemos discutido en redes, todos hemos dicho cosas horribles refugiados en el anonimato. Antes, odiar a alguien implicaba mirarlo a los ojos. Hoy, ya no.


A todo esto se suma la pérdida de la responsabilidad personal. Vivimos todos en una época que justifica cada vez más las acciones propias. El horóscopo explica mi carácter, una estrella justifica mi violencia, el deseo se convierte en ley moral: “porque quiero”, “porque lo siento”, “porque creo que es lo correcto”. La opinión personal se vuelve incuestionable y habilita cualquier atrocidad.


Anulamos la culpa y con ella la posibilidad de decir “me equivoqué”. Perdimos la autocrítica que fue reemplazada por discursos que validan lo que hago, diga lo que diga, aunque sea un delito, un pecado o una atrocidad. Siempre hay una comunidad, un grupo, alguien que siente como yo y me absuelve.


Así, sumando el agotamiento material, la deshumanización de la comunicación y la disolución de la responsabilidad, determina que nuestra sociedad celebra cosas que antes nos hubieran horrorizado, que se alegra ante una bomba, que festeja discursos de odio y violencia. Nuestra humanidad que llama a lo malo bueno y a lo bueno malo, que adapta la verdad a su conveniencia y disfraza la vida con cosas materiales, olvidando que existen fundamentos inmateriales sin los cuales no hay humanidad posible: ética, responsabilidad, moral.


Escribo esto porque realmente me urge en el corazón, me pica debajo de la piel, me quita el aire no saber si nos estamos quedando sin amor, que seria ir camino a la extinción ética y moral de la vida.


Como observó la antropóloga Margaret Mead, uno de los primeros signos de civilización puede ser encontrado en restos humanos antiguos: un fémur que se haya curado, lo cual solo es posible si otros cuidaron al herido hasta que sanó, algo que no ocurre sin cooperación, responsabilidad y cuidado. 


Este rasgo de humanidad existió mucho antes de la civilización, de los sistemas de creencias y de las estructuras sociales modernas….


Por eso, pateciera que cuando Jesús dice hoy “el que no tenga pecado que tire la primera piedra”, hoy nadie baja la mano. Todos arrojan la piedra. Porque aceptar esa frase implicaría reconocer un límite, una culpa, una responsabilidad.

Y la pregunta final queda flotando, incómoda:


¿Quién es Jesús para decirnos que estamos equivocados?

Quizás ese sea el verdadero síntoma de que el amor se está enfriando: que ya no nos incomoda tirar la piedra.



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