Pochoclero: el ser y la emoción

 


Escrito por Rubén Felix Galvano 

Cuando era niño pensé que ser pochoclero era lo mejor. Aquello por lo que otros niños debían pagar, en mi vida era gratis.

Cuando crecí, lo miré como un estigma: “un trabajo de pobre”. Estudié para no serlo más.

Pero cuando ya de adulto atravesé problemas económicos, el carrito de pochoclo volvió a estar ahí. Y lo amé.


En la vida hay tiempo para todo. A veces miramos desde la emoción y nos ponemos contentos sin ninguna razón; otras veces razonamos y resolvemos sin emocionarnos. Cuando somos jóvenes vemos como jóvenes; cuando somos adultos, aunque veamos menos, observamos más.


¿Cómo puede un objeto ser bendición y maldición?

De ninguna manera: el corazón es la fuente.

El agradecido, aun cuando se moja, siente frescura; el que no agradece, ni la carne gratis le alcanza.

De niño creía que ser pochoclero era genial. De adulto entiendo que es hermoso ver la misericordia de Dios en la humildad de un simple carrito de pochoclo. Porque “El Señor es mi pastor; nada me faltará.”  Salmo 23:1


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