Nuestra pobre manera de ver

 



Cómo nos engañan nuestros sentidos 
Escrito por Rubén Felix Galvano 


Una de las cosas que siempre me asombra es la observación de los fenómenos naturales. Por ejemplo, el otro día Venus estaba muy cerca de la Luna. Lo extraño de todo esto es la percepción que tenemos de dicho fenómeno. Desde la enorme distancia a la que nos encontramos, nos parece que ambos cuerpos están próximos entre sí, pero la realidad es que se encuentran muy lejos el uno del otro. Si lo representamos a escala, sería como la distancia que existe entre mi casa en Villa Bosch y la Costanera, o entre la Casa Rosada y Laferrere.


Otro de los fenómenos que me gusta observar son las estrellas cuando titilan. Cuando uno va al campo y contempla el cielo nocturno, puede ver que algunas parecen parpadear. Ese efecto no se produce en las estrellas, sino en la atmósfera terrestre, que altera la luz antes de que llegue a nuestros ojos. Sin embargo, lo verdaderamente asombroso es pensar que la luz de muchas de esas estrellas ha viajado durante miles o millones de años para llegar hasta nosotros. En algunos casos, es posible que la estrella que observamos ya haya cambiado o incluso dejado de existir, pero su luz continúa atravesando el espacio y recién ahora alcanza nuestra mirada.


Otro fenómeno que siempre me llama la atención son los barcos que se alejan de la costa. Da la impresión de que se hunden lentamente en el mar, cuando en realidad lo que observamos es el efecto de la curvatura de la Tierra. Esa curvatura limita nuestro campo visual y vuelve a poner de manifiesto el papel de la distancia en nuestra percepción.


Al estar tan lejos de los hechos, muchas veces nuestros sentidos nos engañan. Lo que vemos no siempre es la realidad tal como es, sino la realidad tal como podemos percibirla desde nuestra posición en el espacio y el tiempo.

Por lo tanto, la distancia modifica nuestra manera de interpretar la realidad. Quizás la pregunta sea: ¿en cuántos otros aspectos de nuestra vida creemos ver las cosas tal como son cuando, en realidad, solo observamos una parte de ellas? ¿ocurre esto solamente con la naturaleza?.


Pensemos en la guerra. ¿Cuántas opiniones se formulan sobre ella desde estudios de televisión, redacciones periodísticas o centros de análisis, sin haber vivido en esas sociedades ni experimentado las consecuencias cotidianas del conflicto? Pensemos también en la pobreza. ¿Cuántos especialistas la describen mediante estadísticas, porcentajes y modelos matemáticos sin haberse acostado alguna vez con el estómago vacío o sin cargar con la incertidumbre de no saber si mañana podrán alimentar a sus hijos?


Lo mismo podría decirse de la trata de personas, del trabajo infantil o de quienes viven en regiones donde el acceso al agua potable es un privilegio. La distancia nos permite observar estos fenómenos, estudiarlos e incluso explicarlos. Sin embargo, también puede hacernos creer que los comprendemos por completo cuando, en realidad, solo conocemos una parte de ellos.


Por lo tanto, aunque el conocimiento nos ayuda a entender lo que percibimos, muchas veces no achica la distancia con situaciones que afectan tanto lo material como el alma. Es por eso que la empatía y la humildad son las que verdaderamente nos acercan a la realidad de los demás: nos permiten construir una percepción viva, que no se deje engañar por la distancia más peligrosa de todas, la de la indiferencia.


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