El mapa nunca fue inocente

 


A propósito de la muerte de Yves Lacoste (1929–2026)

Escrito por Rubén Felix Galvano 

El 20 de junio de 2026 murió Yves Lacoste. Tenía 96 años y había nacido en Fez, en el Marruecos colonial, donde quizás aprendió antes que nadie lo que significaba vivir dentro de un mapa dibujado por otro.

Fue geógrafo, profesor emérito de la Universidad París VIII, fundador de la revista Hérodote —la publicación de referencia en geopolítica francesa, que fundó en 1976—[1] y del Institut Français de Géopolitique.[2] Nació el 7 de diciembre de 1929 en Fez, donde su padre, el geólogo Jean Lacoste, trabajaba en el protectorado francés. Desde joven estuvo en contacto con el mundo anticolonialista argelino y fue miembro del Partido Comunista Francés en su juventud.[3] En 1979 obtuvo su doctorado con la tesis Unidad y diversidad del Tercer Mundo, y en 2000 recibió el premio Vautrin-Ludd por su contribución a la geografía.[4]

Fue uno de los pensadores que más incomodidad produjo en las academias que lo albergaron. No porque sus argumentos fueran difíciles de entender, sino porque eran demasiado fáciles de verificar.


I.

En 1976 publicó La géographie, ça sert d'abord à faire la guerre —la geografía sirve, ante todo, para hacer la guerra— y con esa frase hizo lo que los verdaderos provocadores hacen: no inventar algo nuevo, sino nombrar lo que todos veían y nadie quería decir.

Su tesis central era que el conocimiento geográfico constituye una herramienta estratégica. Lo explicó con una claridad que incomodó a toda la academia francesa:

«La geografía ha sido ante todo un saber político y militar, y todavía lo es. Sirve ante todo para hacer la guerra y para organizar los territorios con objeto de controlar mejor a los hombres sobre los que ejerce su autoridad el aparato estatal.»

[5]

Y fue más lejos. Señaló algo que los sistemas de educación masiva raramente admiten: el mapa como instrumento de dominación directa.

«El trazado de un mapa implica un cierto dominio político y científico del espacio representado, y es un instrumento de poder sobre dicho espacio y sobre las personas que viven en él. No es extraño que todavía hoy un gran número de mapas, y sobre todo los mapas a gran escala [...] caigan bajo el secreto militar en un gran número de países.»

[6]

Por mi parte estudié geografía porque me enamoré. No del manual, sino la interacción entre el paisaje y el concepto, entre lo que se ve y lo que explica. Había algo casi físico en entender por qué la naturaleza crece donde crece, por qué un río traza una frontera y no otra. Pero fue en la universidad donde algo se rompió —o más bien, se aclaró: ese conocimiento que yo había amado por su belleza analítica había sido construido, sistematizado y distribuido para dominar. El territorio no era un objeto de contemplación. Era un objeto de conquista.

Es por eso que la geografía que se enseña en las escuelas, en cambio, no sirve para eso. Y esa es exactamente la trampa.

«En el momento en que, sobre todo, evidencia su inutilidad, el discurso geográfico ejerce su función embaucadora más eficaz, pues la crítica de sus afirmaciones neutras e inocentes parece superflua.»

[7]

Los Estados usan el conocimiento geográfico con precisión quirúrgica. A los ciudadanos les enseñan a memorizar ríos y capitales. La asimetría no es un accidente pedagógico: es el sistema funcionando correctamente.


II.

La tesis de Lacoste no nació en una biblioteca. Nació en Vietnam. En julio de 1972, durante la guerra, observó de cerca cómo Estados Unidos bombardeaba los cimientos de los diques del delta del río Rojo, buscando provocar su destrucción y culpar a una catástrofe natural de las víctimas de la inundación.[8] El conocimiento geográfico precisísimo, al servicio de una masacre presentada como accidente climático.

Ese episodio le permitió ver con claridad lo que Horkheimer y Adorno habían formulado teóricamente desde la filosofía: que el conocimiento moderno no busca comprender el mundo sino dominarlo, y que negarle ese carácter a la ciencia no es un gesto de humildad intelectual sino de complicidad política.

Ocultar el poder que posee el saber es, siempre, un acto que beneficia a quienes ya tienen poder. El propio Lacoste lo dijo con una precisión que debería estar impresa en los programas de estudios:

«Es grave para el desarrollo de una sociedad democrática que sea únicamente la minoría en el poder la conocedora de cómo la situación se transforma y cómo intervenir en estos cambios.»

[9]

Privar a los pobres del conocimiento geográfico no es mantenerlos ignorantes: es mantenerlos desarmados. Y enseñarles una geografía diluida —ríos, volcanes, climas— es darles el mapa sin las coordenadas.


III.

Lo que Lacoste describió no fue una excepción en la historia, ni un exceso colonial puntual. Fue un patrón. Y los patrones no mueren: se reproducen, se adaptan, cambian de nombre: colonialismo, imperialismo, neoimperialismo.

Los ejemplos no faltan. Cuando los conquistadores llegaron a América, necesitaron aprender los mapas indígenas para moverse. Los pueblos originarios poseían sus propias formas de representar el territorio: mapas que incorporaban elementos simbólicos, religiosos y culturales; los lugares sagrados, los caminos tradicionales, los vínculos espirituales con el paisaje.

Pero una vez afianzado el dominio, impusieron una nueva cartografía: mediciones europeas, criterios coloniales, y sobre todo, nombres nuevos. El proceso de sustitución de topónimos no fue un capricho administrativo. Fue una operación de borramiento: hacer desaparecer los referentes culturales previos para incorporar los territorios al imaginario del poder colonial. Dibujar el espacio fue otra forma de conquistarlo.

Detrás de cada topónimo había sangre derramada. No es una metáfora: es una descripción. Cada nombre que un poder le pone a un lugar es la huella de alguien que fue borrado para que ese nombre pudiera existir. Negar que la geografía es un instrumento militar, negar que las políticas sobre el territorio son decisiones de poder y no actos neutros de administración, es una forma de complicidad, o peor aún de necedad. Una complicidad que se enseña en las escuelas con la misma naturalidad con que se enseña la tabla del uno.

Pero sería un error pensar que esa lógica quedó enterrada en el siglo XVI. La cartografía como instrumento de poder no es un capítulo cerrado de la historia: es un método que los Estados modernos heredaron, perfeccionaron y siguen usando. Los conflictos que persisten se libraron primero sobre papeles en escritorios antes de librarse sobre el terreno.

Las Malvinas son, entre muchas otras cosas, una disputa cartográfica. Los mapas que las muestran en inglés o en español, los nombres que se usan, los relatos históricos que las enmarcan: todo eso forma parte de una batalla simbólica que acompaña a la diplomática y a la militar. El espacio no es el telón de fondo de los conflictos. Es uno de sus territorios principales. Es por eso que el proclamar que las Malvinas son argentinas y visualizarlas en los mapas es parte de la lucha por recuperar lo que es nuestro. 

Lo mismo ocurre con los nombres que damos al continente. "América Latina", "Hispanoamérica", "Iberoamérica": cada denominación enfatiza ciertos vínculos y minimiza otros, construye ciertas pertenencias y excluye otras. Los nombres no describen la realidad: la organizan. Y quien organiza la realidad tiene una ventaja que no siempre se llama poder pero que siempre lo ejerce o lo ejerció en la antigüedad. 

Los nombres con los que solemos designar a América invisibilizan, en distinta medida, a los pueblos originarios y a los millones de africanos esclavizados que también formaron parte de la construcción de estas sociedades. El continente aparece definido por sus conquistadores: “Latinoamérica” mientras que quienes fueron conquistados quedan relegados a un segundo plano en el propio lenguaje con el que se lo nombra y también en la historia. Porque el mapa no solo representa territorios sino también muestra la historia de los vencedores.


IV.

Lacoste pasó su vida señalando esta mecánica. Fundó Hérodote precisamente para eso: la revista no pretendía ser una publicación académica con comité científico riguroso y epistemología prolija. Buscaba la polémica, la deliberación inmediata, y sobre todo —en palabras de sus propios estatutos— que «el saber pensar el espacio no sea ya privilegio de los estados».[10]

Su apuesta era que la geografía podía ser un arma también para los que no tienen ejércitos. Que divulgar el conocimiento geográfico era una forma de redistribuir poder. «La divulgación de la geografía habría de servir para que los pobres tomaran conciencia de cuáles son los mecanismos que los mantienen en la opresión», escribió.[11]

Los pobres y los trabajadores necesitan recuperar la geografía y la historia. No como curiosidad cultural, sino como herramientas de interpretación del mundo en que viven. Por eso los últimos cambios educativos que simplifican, recortan y vacían los contenidos no son errores pedagógicos ni descuidos presupuestarios: son operaciones. Quitarle a las generaciones futuras el acceso al pensamiento complejo es quitarles las armas simbólicas con las que podrían entender —y cambiar— su propia situación. La ignorancia no es natural. Es una política de estado.

Lacoste murió a los 96 años. Nació en una ciudad colonial y vivió lo suficiente para ver cómo las formas del dominio se sofisticaron sin desaparecer. Dejó una revista, un instituto, decenas de libros, y una pregunta que cada mapa debería tener impresa como advertencia:

¿Quién dibujó esto, para qué, y qué quedó afuera?

El mapa nunca fue inocente. Lacoste se tomó la vida entera para demostrarlo. Y nosotros debemos defender el conocimiento que nos regaló. 





Notas y fuentes

[1] Hérodote. Revue de géographie et de géopolitique, fundada en 1976. Editada en París, Éditions La Découverte. Lacoste fue codirector junto a Béatrice Giblin.

[2] Institut Français de Géopolitique (IFG), fundado en 1989 en la Universidad París VIII. Centro de referencia internacional para el estudio de los conflictos territoriales.

[3] Yves Lacoste, datos biográficos. Fuente: La Guía de Geografía / Wikipedia (en).

[4] Premio Vautrin-Ludd (2000), otorgado por la Société de Géographie de Paris, equivalente al "Nobel de la Geografía".

[5] Lacoste, Yves. La geografía, un arma para la guerra [La géographie, ça sert d'abord à faire la guerre]. Barcelona: Anagrama, 1977. Citado también en: Un geógrafo sin geografía (blog académico, 2014).

[6] Ídem.

[7] Ídem.

[8] Lacoste viajó a Vietnam del Norte en julio de 1972 e investigó los bombardeos sobre los diques del delta del río Rojo. Publicó sus conclusiones acusando al ejército estadounidense de atacar deliberadamente infraestructura hidrológica civil. Fuente: Wikipedia (en), Yves Lacoste.

[9] Lacoste, Yves. La geografía, un arma para la guerra. Citado en: Goodreads, reseñas edición española.

[10] Statuts de la revue Hérodote, cit. en: Un geógrafo sin geografía (blog académico, 2014).

[11] La guía de geografía: "La Geografía: un arma para la guerra". laguia2000.com.


Comentarios

Entradas populares de este blog

El Neoliberalismo en Argentina (1976-2001)

Derechos, necesidades y mercado: entre la pobreza y la soberanía alimentaria

Malvinas, más allá de la guerra: geopolítica, memoria y futuro