Cuando los problemas estructurales se quieren resolver como una charla de bar
Escrito por Ruben Felix Galvano
Vivimos una época donde se nos exige tener una respuesta rápida para todo. Una respuesta clara, sencilla, inmediata. Como si los problemas sociales fueran una charla de bar: una cerveza, una frase contundente y asunto resuelto.
La inseguridad, por ejemplo. “Si se les pagara mejor a los policías, se termina la inseguridad”.
¿Tiene algo de verdad? Sí.
¿Es la solución? No.
Porque los problemas de fondo no son salariales solamente. Son estructurales. Tienen que ver con entramados policiales, judiciales y políticos atravesados por amiguismo, corrupción y disputas de poder. Eso no se arregla con una medida aislada ni con una respuesta rápida.
El problema aparece cuando esa lógica cotidiana —útil para conversar, descargar bronca o entendernos entre amigos— se transforma en política pública. Ahí la simplificación deja de ser inocente y empieza a ser peligrosa.
Lo mismo ocurre en educación. Se espera que el docente compita con la tecnología, con TikTok, con el entretenimiento permanente. Pero la educación siempre estuvo en desventaja frente a la tecnología. Nunca fue más entretenida que la diversión, ni antes ni ahora.
La escuela trabaja con conocimientos construidos, con tiempos largos, con reflexión. Y eso no puede competir con el estímulo inmediato de las redes sociales. Nunca pudo. La escuela nunca sera mas entretenida que una PlayStation.El problema es creer que debería hacerlo.
Además, hay algo que no depende del docente: el valor simbólico que el alumno le da a la educación. Si ese valor no existe, no hay metodología, carisma ni tecnología que lo resuelva.
Vivimos en un mundo globalizado, saturado de información, donde incluso los docentes muchas veces no tienen respuestas completas sobre hechos que están ocurriendo en ese mismo momento. Y eso no es ignorancia: es honestidad intelectual.
Recuerdo cuando analicé el inicio de la guerra en Ucrania. Se podía explicar el contexto, las causas, los actores, las capacidades militares. Incluso anticipar que no sería una guerra corta ni nuclear. Pero aun así, ningún análisis puede preverlo todo. Los análisis siempre se confirman o corrigen después.
Sin embargo, las redes sociales nos empujan a opinar antes, a resolver todo rápido, a reducir conflictos complejos a frases simples. Esa urgencia genera ansiedad comunicacional y debilita el pensamiento crítico.
Las redes sociales y su liviandad
El primer problema no es la charla de bar, es querer gobernar, educar y pensar el mundo como si todo pudiera resolverse en una charla de bar.
Lo mismo ocurre con el coaching motivacional de la vida. Todo parece resolverse con frases, hábitos y calendarios:
“Si hacés esto 90 días”,
“si comés esto 60 días”,
“si te levantás a tal hora”,
“si lo das todo”.
Como si todas las personas pudieran planificar su vida en igualdad de condiciones.
¿Quién puede sostener esas rutinas cuando tiene familiares enfermos, dobles turnos de trabajo, salarios bajos, hijos a cargo, poco espacio, poco tiempo y pocos recursos?
Estos discursos no generan bienestar: generan culpa. “Si no estás bien, es porque no querés”, “Si no progresás, es porque no te esforzás lo suficiente”.
La culpa se individualiza y se borra el contexto social, cultural y económico. Se ocultan generaciones enteras de pobreza, de estigmas, de desigualdad estructural, y se reemplaza todo por una frase motivacional.
Esa lógica se traslada también al trabajo:
“La empresa no sale adelante porque los trabajadores no lo dan todo”.
Escuchame: Toyota no tiene buenos resultados porque sus empleados “dan todo”. Tiene buenos resultados porque contrata bien, organiza bien y paga buenos sueldos. No es épica: es estructura.
Pero cuando todo se reduce al esfuerzo individual, aparece otro refugio peligroso… la nostalgia: “Antes se vivía mejor”. “Antes tal político, tal época, tal figura”.
El pasado se idealiza y se convierte en refugio emocional. Ya no para aprender, sino para escapar. La nostalgia deja de ser memoria y pasa a ser carga: una forma de resignación que inmoviliza.
Y así se arma una ecuación complicada:
respuestas simples + culpa individual + nostalgia paralizante.
Una ecuación especialmente peligrosa para la salud mental de jóvenes que crecen escuchando más voces desde un teléfono que de sus padres o docentes. Jóvenes formados en la inmediatez, sin tiempo para el pensamiento crítico, con identidades frágiles y crisis cada vez más tempranas.
¿Cómo revertir esto?
Probablemente no podamos revertirlo del todo. Ningún texto, ninguna reflexión aislada puede cambiar el estado de la comunicación y del pensamiento de época. Las redes sociales ya modificaron nuestra forma de expresarnos y de valorar lo que consideramos importante. Hoy pesan más los likes, la imagen, lo llamativo y lo inmediato que la verdad, el conocimiento o lo valioso en sentido profundo.
Entender eso es el primer paso. No para resignarnos, sino para pensarlo.
Las redes sociales responden a una lógica propia: velocidad, impacto, visibilidad. El problema aparece cuando creemos que esa lógica es la del mundo real. No lo es. La realidad no funciona con inmediatez, ni con frases, ni con algoritmos. Funciona con tiempos largos, con procesos, con contradicciones.
Aprender a distinguir el mundo virtual de la realidad concreta es clave. No para negar las redes, sino para ubicarlas en su lugar. Cuando hacemos esa distinción, entendemos que las lógicas no se pueden transponer: lo que funciona en una red no necesariamente funciona en la vida, en la política, en la educación o en la ciencia.
Que algo suene convincente no lo vuelve verdadero. Detrás de un diagnóstico serio —científico, crítico, fundamentado— hay tiempo, estudió, inversión y acumulación de conocimiento. Y aun así, incluso los mejores diagnósticos nunca captaron toda la realidad, porque la realidad siempre se escapa por los costados.
Tal vez no se trate de volver a un pasado idealizado ni de competir con la velocidad de las redes, sino de recuperar algo más simple y más difícil a la vez: la paciencia para pensar, la capacidad de dudar, y el valor de aceptar que los problemas complejos no tienen soluciones rápidas.
No es poco. En estos tiempos, ya es una forma de resistencia.
Es realmente empobrecedor seguir haciendo este tipo de comentarios, tratando de abarcar el contexto completo e inconscientemente, cortando la raíz del problema. Gracias por la información!!, es bueno saber que todavía podemos cambiar estos malos hábitos y costumbres.
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