Argentina: un país a mitad de un camino
Las elecciones de 2025 volvieron a confirmar un patrón histórico argentino: ganar no significa gobernar, ni tampoco solucionar problemas, Argentina es un país a mitad de camino, pero ¿a dónde vamos?.
El resultado dejó un Congreso dividido —con La Libertad Avanza como primera minoría, seguida por Unión por la Patria y Juntos por el Cambio— sin mayorías propias ni en Diputados ni en el Senado.
El presidente, que enfrenta un Parlamento fragmentado, apela al presupuesto y a la coparticipación como herramientas de presión política, buscando imponer una agenda, en dónde los partidos minonitarios, no siempre dicen sí.
Pero el problema es más profundo que una disputa de poder: es estructural, social y cultural. Pará poder explicar esto desarrollaré cuatro puntos de vista: político, sociológico, macroeconómico e histórico
Ganar elecciones no es ganar el país
La historia reciente lo demuestra: Mauricio Macri también logró un triunfo contundente, pero su gobierno terminó sin reelección, atrapado entre la falta de resultados y la pérdida de apoyo social, cuando no pudo acompañar su agenda con el congreso y la crisis económica no se soluciono, la población no acompañó en las urnas.
El voto otorga legitimidad electoral, pero no asegura legitimidad de gestión. Esto es porque la gobernabilidad requiere acuerdos, empatía y estabilidad, tres factores escasos en un sistema donde la polarización y el descontento dominan la escena y es más importante el espacio que se ocupa virtualmente que la manera de transitar físicamente el día a día.
En un Congreso sin hegemonías, el poder se vuelve transaccional: depende de pactos momentáneos, alianzas circunstanciales y presiones cruzadas. La política se vuelve un tablero inestable que refleja la misma incertidumbre del país que representa, donde ningún partidos puede garantizar el cuorum en ninguna cámara por sí sólo.
La abstención y la crisis de representación
El 31% del padrón que no votó es un dato alarmante, no sólo estadístico sino simbólico.
Habla de una sociedad que ya no se siente representada.
Desde la sociología política, este fenómeno puede entenderse como una crisis de intermediación (Rosanvallon), donde los ciudadanos ya no confían en los partidos como mediadores del interés colectivo.
La abstención, el voto bronca y la indiferencia son tres caras de la misma moneda: una desafección democrática creciente. El ciudadano descreído deja de participar, y el vacío lo ocupan los liderazgos caudillistas que se presentan como “la voz del pueblo” frente a “la política tradicional”. Esa legitimidad indirecta, más emocional que institucional, abre la puerta a formas de poder personalistas, algo tan natural de la política argentina pero que nunca ha solucionado problemas macroeconómico ni estructurales.
Una sociedad fragmentada es más fácil de someter
Desde Durkheim hasta Bauman y Bourdieu, la sociología coincide en algo: una sociedad fragmentada, individualista y sin lazos colectivos fuertes pierde su capacidad de resistencia.
Durkheim habló de anomia “la pérdida de normas comunes”. Bauman lo llamó modernidad líquida "cuando los vínculos débiles y la desconfianza generalizada se vuelven cotidianos” Bourdieu explicó que las clases populares adoptan un habitus de resignación, asumiendo la precariedad como parte natural de la vida. Cuando la gente vive pendiente del día a día, sin horizonte común, el poder no necesita reprimir: basta con dividir y marcar al otro como el culpable de tus problemas, como si el que vive en la Rioja, Laferrere, Tucumán, Tres de Febrero o CABA sea el culpable de la inflación, los altos impuestos y la suba del petróleo.
La fragmentación social funciona como una herramienta de contro porque el trabajador precarizado, el ciudadano cansado y el joven desencantado difícilmente se unan para exigir un proyecto de país, sólo intentan vivir a cortos plazos, día a día.
Los ciclos “stop–go”: una economía sin transformación
En el plano macroeconómico, Argentina sigue atrapada en el clásico ciclo “stop–go” descrito por Aldo Ferrer, Diamand y Prebisch.
Go: expansión del gasto, aumento del consumo y crecimiento rápido, generalmente sostenido por endeudamiento o precios favorables de exportación.
Stop: déficit externo, inflación, falta de divisas y ajuste.
La raíz del problema es estructural: una economía primario-exportadora, con baja productividad y escasa diversificación industrial. Cada gobierno intenta resolver el corto plazo, pero ninguno logra cambiar la base productiva. Así, la Argentina repite su propio laberinto: crecer sin transformarse, somos un país a mitad de camino.
Si combinamos esto a las variables macroeconómicas de los últimos 45 años tenemos un país que nunca pudo solucionar:
inflación alta, déficit fiscal crónico, deuda creciente, tipo de cambio inestable, alto empleo informal, baja inversión y productividad. Entonces tenemos una economía que avanza y retrocede simultáneamente, reforzando la percepción de estar siempre “a mitad de camino”.
No se trata solo de política o de liderazgo: el sistema económico reproduce ciclos que impiden consolidar bienestar estructural.
La normalización de la informalidad
Casi el 41% de los trabajadores argentinos está en la informalidad o es autónomo sin cobertura social. Esa masa laboral vive en una economía paralela que, aunque precaria, se ha vuelto la norma, donde el sector público lo ha ayudado pero no q traido soluciones por el desfinqnciqmiento regular.
La informalidad ya no se percibe como un problema estructural, sino como una forma legítima de “rebusque”. Esa cultura de la adaptación reemplazó a la del esfuerzo colectivo.
El “vivir al día” se volvió una identidad social, y en ese contexto la política pierde poder transformador, porque la urgencia económica domina cualquier horizonte de futuro, y plantea una idea feroz que le quita poder discursivo a la democracia “ ¿Para qué votar?
Argentina: siempre a mitad de camino
En el fondo, Argentina vive una modernidad incompleta. Tiene instituciones democráticas, pero sin cohesión social; tiene recursos naturales, pero sin un proyecto nacional sostenido; tiene talento y creatividad, pero los dispersa en luchas internas. El resultado es un país que oscila entre el desencanto y la esperanza, atrapado en un presente que nunca se consolida. Es el país de nunca jamás y Narnia mezclado con Mad Máx Furia en la carretera.
Las elecciones se ganan por emociones de corto plazo, no por visiones de largo aliento, donde ningún político cumple su discurso, mientras tanto, millones se acostumbran a sobrevivir en vez de construir.
El desafío argentino no es sólo económico: es cultural y moral. Hasta que la sociedad no recupere la idea de comunidad, proyecto y responsabilidad compartida, ningún modelo político —ni liberal, ni populista, ni progresista— podrá sostenerse. Ganar elecciones sin reconstruir el tejido social es apenas ganar tiempo y la Argentina ya ha perdido demasiado estando a mitad de camino... Tal vez reconocer que estamos a mitad de camino sea un primer paso. No para conformarnos, sino para asumir que falta, que todavía no llegamos, pero seguimos en marcha. Que el país no es un punto de llegada, sino un trayecto que nos exige pensar.
Comentarios
Publicar un comentario