La paradoja del dolor

 




Siempre que voy por la calle Dante veo a un chico solitario de pelo negro y con algunos rulos.

Él estudia en el Cristo Rey.

En realidad no siempre está ahí: estuvo antes y, sin embargo, todavía suele permanecer allí cuando miro por la ventanilla.

Sé que no tiene amigos,por eso saluda a todos los perros y gatos. .Ve y toca las hojas de los árboles.

Mira los frentes de las casas y cuenta nubes en el cielo; escribe poesías con el viento y a veces las anota.

Lo veo en cada paseo y me gustaría parar mi auto y decirle: “Rubencito, todo va a estar bien”. Pero en realidad todavía faltan un montón de cosas malas: el cáncer, superar el bullying, aprender boxeo, la depresión… y después de eso todo va a estar bien.

Me gustaría que subiera al auto, llevarlo a nuestra casa y darle tres consejos que aprendí. Pero si se los doy , no servirá, los tiene que aprender porque sino ¿ cómo va a ayudar a sus alumnos ?

¿Qué decirle al pasado sin alterar el presente? ¿Cómo aquietar la nostalgia? Aunque sepa el final, el spoiler no quita algunas amarguras.

 Entonces… llego a casa, saludo a mi familia, voy al baño y lo encuentro en el espejo, un poco cansado, pero sonriendo . “Todo va a estar bien, Rubencito”… pero no lo digo yo: lo dice Dios, y yo le creo.

Porque, como dice la canción, “siempre sobra gracia en mi desgracia: es herencia y no virtud.”

Gracias, Jesús, porque tú me viste caminando por la calle Dante y te detuviste por mí, porque en algún momento mire el cielo te llame y tu me viste a mí. 

Entonces te encuentro en el espejo, con ese niño a cocochito y me digo de vuelta,  "Rubencito todo está bien "

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